Con la tenacidad implacable que lo caracteriza, el tiempo imprime su sello en todos los acontecimientos, los connota y jerarquiza: así, casi con la levedad de un soplo, han transcurrido cinco años desde aquel primer día en que bell@espíritu se plasmó en las primeras líneas para acompañar, de manera más o menos intermitente, el último lustro de mi existencia.

Según afirma Cornelio Agrippa, con la autoridad que le otorga su maestría, el número cinco contiene un poder considerable debido a su composición: el primer par y el primer impar de la escala conforman el quinario, y por si fuera poco, los aritméticos han llamado padre al último y madre al primero pues contienen en sí la justa mitad del número universal, el diez.  El cinco entonces configura tanto el número del matrimonio como de la justicia, pues corta al diez en dos por igual.

Cinco son los sentidos en el ser humano: vista, oído, gusto, olfato y tacto; cinco los dedos de la mano; cinco los elementos al sumar el éter; cinco las puntas del pentáculo, talismán mágico por excelencia que representa el símbolo sagrado de la armonía entre cuerpo, mente y espíritu. Se presume, por lo menos hasta la fecha, que cinco fueron los factores con los que Dios compuso la totalidad: la esencia, el mismo, el otro, el juicio y el movimiento.

Y también se considera al quinario el número de la gracia en tanto sello del Espíritu Santo, por cuanto es el número de la cruz y, por esta razón, en tiempos benditos se invoca el nombre de la Divinidad empleando cinco letras: IHESV. Tal vez por un misterio que no es menos grande que el significado del quinto número, la gracia me ha acompañado en estos últimos cinco años y ha hecho posible la presencia virtual de tantas personas que generosamente contribuyen a mantener vivo este espacio y a quienes agradezco desde el corazón, en silenciosa plegaria.

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