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Niza, paraíso entre paraísos de la Costa Azul, conjuga naturaleza, historia y dolce far niente en un entorno privilegiado y glamoroso que rememora la impronta gloriosa de la Belle Époque. Pero Niza también posee un importante acervo cultural que ofrece una profusa cantidad de museos, galerías y edificios para deleite del visitante; uno de ellos es el Museo de Arte Moderno y Arte Contemporáneo, que desde el año 1990 domina con su estilo neoclásico las proximidades de Plaza Garibaldi.

Sin perjuicio de encontrar las instalaciones en un estado que distaba de ser óptimo, lo cierto es que algunas de las colecciones vanguardistas que se exhiben justifican la visita; entre ellas se encuentra la obra de Niki de Saint Phalle, la notable representante del nuevo realismo francés, quien empleó su don artístico para cuestionar el rol de la mujer y devino en ícono multifacético contemporáneo.

Catherine Marie-Agnes Fal de Saint-Phalle había llegado al mundo en el seno de una familia burguesa que perdió su fortuna en el crack bursátil de 1929, un año antes de su nacimiento. El estrépito económico de su padre banquero y la indiferencia de su madre americana determinaron el traslado de la niña a un internado en Nueva York; a partir de allí su vida estuvo determinada por las visitas al Metropolitan y los veranos en París en casa de sus abuelos, cuando se dedicaba a admirar el arte gótico en las catedrales de Lutecia.

En la adolescencia, la rebelde Niki fue expulsada del internado cuando se atrevió a pintar de rojo las bíblicas hojas de parra que cubrían los genitales de una de las estatuas que se encontraban en la institución. Poco importaban a la incipiente artista las rígidas normas morales y sociales que predeterminaban los roles del hombre y la mujer en la atmósfera asfixiante de su entorno: ella ansiaba ver el mundo y vivir aventuras, pero en aquel momento estas experiencias eran patrimonio exclusivo de los hombres.

El matrimonio con el poeta Harry Mathews fue una manera de gozar de relativa libertad, con el modelaje primero para las revistas Vogue y Harper´s Bazaar y un posterior traslado a París para huir del macartismo. Allí los fantasmas que la acosaban, producto quizás de algún abuso sexual intrafamiliar, determinaron su internación en una institución psiquiátrica y la aplicación de electroshocks, lamentablemente tratamiento común en aquellos tiempos. Al egresar su vocación artística fue una manera de catalizar los recuerdos y Niki comenzó a experimentar la tercera dimensión propia de los dadaístas, empleando en sus creaciones diversos elementos como alambres, juguetes y frascos en una explosión de creatividad.

La vanguardia que compartía interminables conversaciones en la Rive Gauche acogió con los brazos abiertos a la joven y hermosa artista, sentada en las mismas mesas que Jean Paul Sartre a partir de su segundo matrimonio con el escultor suizo Jean Tinguely; su descubrimiento del feminismo de la mano de Simone de Beauvoir determinó la impronta única de sus obras: novias, prostitutas, nanas, crucifixiones femeninas y personajes del tarot surgieron de la imaginación desbordante de Niki. Sin embargo, nunca logró una subvención estatal y se sostenía comercializando joyas y artículos de decoración; de hecho, aún es posible encontrar con esfuerzo el perfume que lleva su nombre, cuyo frasco es una pequeña obra de arte y constituye uno de los objetos de deseo pendientes en mi pequeña colección.

En la fotografía se puede apreciar La Mariée sur l´arbre, elaborada con pintura, papel tissu y objetos diversos sobre una construcción metálica, perteneciente a la colección permanente del museo y que constituye sólo una ínfima muestra del talento inigualable de Niki.

El mordisco de Ptolomeo

El frío era notable aquel sábado cuando finalmente mi cuerpo se introdujo entre las sábanas, más allá de la medianoche. Como suele suceder en mi hogar, alguno de mis tres gatos se dirigió a la habitación para instalarse a los pies de la cama y en este caso me acompañó Ptolomeo. Mientras me sumergía en la lectura del libro de turno una silueta felina se adivinaba detrás de la persiana de la ventana: Simón, el gato del vecino, se paseaba orondo por mi balcón y procuraba espiar hacia adentro, adivinando la presencia de un congénere. Sus modales amistosos contrastaban notoriamente con la reacción de Ptolomeo, que comenzó a despertarse y a gruñir insistentemente ante la invasión al territorio: en pocos instantes sus orejas estaban casi planas y había aumentado de tamaño debido al pelaje erizado, mientras producía extraños sonidos para alejar a su contrincante.

Pero Simón no estaba dispuesto a abandonar su paseo por mi balcón y Ptolomeo comenzó a empujar el vidrio de la ventana mientras bufaba sin pausa; sus dos hermanas de raza habían subido la escalera y se ubicaron detrás para observar el suceso. Cabe aclarar que Ptolomeo es un gato manso y amoroso, que fue rescatado por nosotros de la calle con apenas dos meses de vida en calamitoso estado de salud y al que las dos féminas hostigan, pelean y molestan sin casi lograr reacción por su parte; sin embargo ambas, cautelosamente, optaron por no acercarse en este caso.

Como sabiamente me señaló mi profesora de yoga, debería haber imitado la reacción natural de las gatas, pero en cambio obedecí al impulso humano de levantarme y procurar que cesara de empujar el cristal con la cabeza tomándolo desde atrás. Craso error, porque ya había sacado uñas y dientes para enfrentar a su enemigo y ante mi gesto se dio media vuelta y me mordió mientras seguía peleando con Simón, que apoyaba la cabeza contra la persiana.

No exagero cuando describo el dolor de la mordedura en mi dedo pulgar izquierdo como el más grande que sentí después del bíblico sufrimiento de parir; la médica me explicó que hay una serie de terminaciones nerviosas en las falanges que activan el reflejo del nervio vagal, de ahí el dolor intenso y persistente que provoca cualquier lesión en esta zona del cuerpo. Luego de procurar frenar el sangrado, la consiguiente y ardiente desinfección y el vendaje me acosté nuevamente; Ptolomeo, que en algún momento había logrado su cometido de espantar al intruso, se instaló otra vez a mis pies, ignorante acerca del daño colateral de la pelea.

Como corolario, el dedo se infectó por insuficiencia de la curación casera y por no haber concurrido al médico al día siguiente pese a que se encontraba inflamado y ardiente. El domingo por la noche latía sordamente y cuando al día siguiente arribé a la oficina había doblado su tamaño; Vero y Kari, en conjunto, me impulsaron a concurrir pronto a la guardia donde luego de interminables preguntas acerca de diabetes, colesterol, alergias, anticoagulantes y otros tópicos que no recuerdo, respondidos negativamente, me limité a afirmar una vez más que había recibido un mordisco de mi gato.

Me hicieron un corte para drenar la infección, voy por la segunda dosis de la vacuna antitetánica y los antibióticos con ácido clabulánico ejercieron un efecto devastador en mi organismo acostumbrado al té de limón o de orégano como paliativo para cualquier contratiempo en la salud. En todo este proceso Ptolomeo, inconsciente respecto del rol desempeñado, continúa durmiendo ocasionalmente a mis pies y reclamando atención mediante adorables maullidos cuando sus hermanas de raza le hurtan la comida o perturban su tranquilidad gatuna.

La fotografía, tomada por Juan, reproduce la expresión amorosa de nuestro Ptolomeo.

Óleos y semillas

El lino, también llamado linaza, es una planta herbácea cuyo tallo se ha empleado tradicionalmente para la confección de codiciados tejidos que resultan onerosos debido al proceso de elaboración que requieren. Pero no sólo el tallo resulta útil para el hombre, porque con las semillas se producen tanto harina como aceite muy ricos en nutrientes y vitaminas.

Las semillas de lino poseen propiedades hidratantes y emolientes que resultan muy beneficiosas para el cabello, ya que contribuyen a mantenerlo suave y brillante. Anna de Sanctis posee entre su nutrida oferta de productos de la línea Olio shampoo con semillas de lino, ideal para el uso frecuente ya que contribuye a su ductilidad.

El aceite de argán, cuyas propiedades resultan harto conocidas, ejerce una benéfica influencia sobre el cuero cabelludo por su alta concentración de vitamina E. Sólo hay que tener en cuenta que el empleo debe ser más o menos frecuente de acuerdo a las características del pelo, y graduar la cantidad al emplearlo como acondicionador en función de la producción sebácea de cada uno.

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