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El viento mistral se filtra en el clima mediterráneo de Niza, y según mi querida Adri es el causante de esa luz difusa y dorada que caracteriza a la ciudad. Niza, a pocas horas de tren desde París, es la segunda metrópoli más visitada de Francia, la joya de la Costa Azul que dista sólo 30 kilómetros de Italia y se emplaza entre Mónaco y Cannes, con una costanera trazada por los británicos que dotaron a la Promenade des Anglais de hoteles míticos como el Negresco y residencias que hoy constituyen un majestuoso patrimonio arquitectónico.

La ciudad es una combinación increíble del mar Mediterráneo, cuyo tono azul plomizo refleja la luz del sol y el fulgor de las piedras que componen las playas, con el esplendor de la Belle Époque entre viviendas de tonalidades terrosas y anaranjadas de balcones floridos. En las mínimas calles empedradas hay comercios gastronómicos, elegantes confiterías y tiendas de recuerdos; no falta un mercado de flores ni jardines urbanos en los que el verde de las plantas se destaca, vibrante, ante la multitud de naturales y foráneos que se desplazan sin prisa.

En la plaza Masséna el suelo se asemeja a un damero, los edificios componen una sinfonía entre tonos amarillos y bermellones y cuando la noche comienza a desplegarse se iluminan los siete hombres emplazados sobre columnas: el catalán Jaume Plensa imaginó un diálogo entre los siete continentes en su obra Una conversación en Niza. A pocos metros destaca una impresionante fuente con la escultura de Apolo realizada en mármol blanco, en principio retirada de su emplazamiento debido a sus atributos masculinos por presión de recatadas damas que conformaban la Liga Femenina de la Virtud; finalmente en el año 2011 los nizardos recuperaron la estatua originalmente instalada en 1956.

Los ingleses, amantes de paseos costeros durante sus vacaciones en la Costa Azul, construyeron en 1820 siete kilómetros de avenida a la vera del Mediterráneo: bordeando la Promenade se arriba al Parc de la Colline du Château, erigido en el emplazamiento de la fortaleza que dominaba el poblado entre los siglos XI y XVIII. Allí se pueden rastrear los orígenes de Nikaïa, una de las primeras ciudades fundadas en la actual Riviera francesa por la antigua civilización griega; allí también, desde la Tour Bellanda, el esplendor de Niza se despliega ante los ojos del visitante.

Palacio Lascaris

La ciudad de Niza se encuentra sectorizada en tres partes que se distinguen por la impronta que las caracteriza: Vieux Nice, de acentuado estilo italiano dominada por el casco antiguo y el puerto, el centro cuyo origen se remonta al siglo XIX situado detrás de la Promenade des Anglais y el distinguido barrio de Cimiez, favorito tanto de los romanos como de la reina Victoria.

El casco antiguo, sojuzgado bajo la estructura severa de la catedral, también contiene pequeñas plazas y señoriales palacios construídos por los residentes más conspicuos, entre los que se destaca el Palacio Lascaris, cuya estructura del siglo XVii conserva los techos tapizados de frescos y las incrustaciones de plata en las impresionantes puertas.

El conde Jean-Baptist Lascaris-Vintimille ordenó la construcción de la residencia familiar en 1648, a semejanza de los palacios genoveses de características barrocas: un enorme pórtico de entrada flanqueado por columnas conduce a una escalera imponente decorada con frescos, que a su vez desemboca en salones ricamente ornamentados. El último descendiente de la familia, Gran Maestre de la Soberana Orden de Malta, estableció que a su muerte el edificio debía integrar el patrimonio de la ciudad: constituye Monumento Histórico desde 1946 y se destaca por los tapices flamencos, las piezas de porcelana de los siglos XVII y XVIII y una increíble colección de instrumentos musicales antiguos.

El Palacio Lascaris exige un tiempo considerable para su recorrido, no por su extensión en particular sino porque abruma al principio debido a la profusión de belleza que torna difícil enfocar la mirada: techos altísimos, bustos alojados en nichos ovales, pintura trompe l´oleil en los muros y un mobiliario soñado, bañados por la luz ambarina predominante. Y por si no bastara, el consabido sitio para comprar algún recuerdo que se encuentra en la planta baja no es una tienda común, sino el antiguo edificio de una farmacia construída en el año 1738.

Chagall

La luz particular de la Riviera francesa ha determinado su elección como residencia de varios artistas, que encontraron inspiración en la generosidad que la Naturaleza ha manifestado en esta región. Saint Paul de Vence fue el hogar durante 20 años de Marc Chagall y en Niza se encuentra el Musée Marc Chagall en su honor, emplazado entre las calles distinguidas del barrio de Cimiez.

La oferta cultural es abundante en Niza y hay que elegir entre más de veinte exposiciones y galerías de arte, pero no dudamos en trasladarnos hasta la colina para sumergirnos en la colección que se exhibe en un espacio de una planta similar a una casa diseñado por el arquitecto André Hermant, rodeado por un jardín mediterráneo que también contiene obras de Chagall.

Nacido en Bielorrusia en 1887, de familia judía, su vocación artística lo impulsó a dejar la bucólica vida de su pueblo natal para trasladarse a San Petersburgo y más tarde a París, donde lo sorprendió la Primera Guerra Mundial. Una vez terminada la contienda retornó a la capital francesa, pero la llegada del régimen nazi determinó su huida a .Estados Unidos no sólo por su origen: la impronta de su arte fue severamente cuestionada por el rígido régimen alemán, porque Chagall es uno de los padres del modernismo y sus obras encuadran en estilos como el surrealismo y el cubismo.

El fin de la Segunda Guerra Mundial determinó su traslado al paraíso constituído por la Costa Azul, y allí residió hasta su muerte en 1985. El museo fue inaugurado en 1973 y el artista donó al acervo cultural francés 17 pinturas conocidas como “Mensaje bíblico”, ya que la Biblia fue su gran inspiración pues la consideraba “la mayor fuente de poesía de todos los tiempos”.

El Génesis, el Éxodo y el Cantar de los Cantares impresionan no sólo por los colores y la técnica sino por la expresividad del mensaje que se desprende desde el interior de cada pintura, en las que se destacan las formas ligeras y los ángeles como mensajeros de la palabra de Dios. Y sobre una de las paredes impacta el mosaico del profeta Elías, que asciende a los cielos rodeado por los signos del Zodíaco.

Chagall no fue un artista convencional sino que según sus propias palabras “bebía de todas las fuentes” y este eclecticismo se refleja en su obra, donde los personajes nacidos del pincel se asemejan a imágenes desplegadas por el inconsciente. El museo alberga una parte importante de su producción pero la gran mayoría se encuentra en colecciones privadas: quizás entre estas últimas algún afortunado posee aquella que inspiró una de las más bellas estrofas de Silvio Rodriguez: “…Una mujer con sombrero, como un cuadro del viejo Chagall / corrompiéndose al centro del miedo y yo, que no soy bueno, me puse a llorar / pero entonces lloraba por mí, y ahora lloro por verla morir”.

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