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Apenas una hora y algo más en tren separan París de Chartres, la pequeña villa con reminiscencias medievales situada a la vera del río Eure en la que aún es posible observar antiguos lavaderos y secaderos asentados sobre sus orillas. La visita fue rigurosamente prevista en tiempo y forma, por cuanto uno de los objetivos principales era recorrer el Laberinto sito en el interior de la catedral, que permanece descubierto los días viernes a partir de las Pascuas y sólo hasta el mes de septiembre; el resto del tiempo los bancos destinados a los fieles lo disimulan en su totalidad.

En épocas romanas, Chartres era un enclave que superaba en importancia a París; hoy cuenta con 40.000 felices habitantes que deambulan en paz entre sus calles empedradas y la placidez de sus edificaciones antiguas. También es un centro de estudio y conservación de la antigua artesanía del vitral; de hecho, en la antigua Casa de Diezmos se encuentra el museo Centre International du Vitrail donde se puede conocer historia y oficio a lo largo de sus tres plantas.

En Chartres se respira misterio: se dice que mucho antes que los muy cristianos caballeros templarios y su devoción por la Virgen Negra se extendiera por estas tierras, fue enclave de druidas que eligieron el sitio donde se encuentra la catedral como centro de culto de una venerada deidad. Esta impronta se mantiene hoy en día y  la iconografía remite al principio femenino, desde la Virgen hasta las damas que adornan cuadros, lámparas, portavelas y toda clase de recuerdos que se comercializan en sus encantadores comercios.

No todo es esoterismo y religión y a la hora de descansar hay establecimientos tan originales como destacados en gastronomía: Le café serpente está situado frente a la catedral, ofrece una variedad sustancial de platos y delicias dulces y permite contemplar desde la mesa el ritmo sosegado de este encantador enclave francés.

El templo

No es el primer templo construído sobre antiguas ruinas de otras tradiciones, pero la catedral de Chartres cuenta con una historia casi perfecta en tal sentido: no sólo los druidas resultaron sus devotos antepasados, sino que en el siglo III los romanos encontraron una estatua de la Virgen Negra en una gruta, a la que denominaron Gruta del Druida y donde se fueron asentando los sucesivos templos hasta culminar en la catedral.

Y luego llegaron los templarios, la poderosa orden cuya independencia política y económica irredenta determinó el final de sus miembros en la hoguera. Pero cuando arribaron a Chartres se decía que trajeron consigo los secretos que atesoraba el Templo de Salomón, entre ellos, las proporciones matemáticas perfectas regidas por la ley del número áureo. Este número es el que fue empleado en la construcción de la catedral Nuestra Señora de Chartres y rige armónicamente todas sus proporciones.

El interior, por si fuera poco, se encuentra bañado por el azul intenso que predomina en los vitrales, que ha dado lugar a la denominación “azul de Chartres”, y el velo que Carlos el Calvo trasladó a fines del siglo IX para donar al tesoro habría pertenecido a la mismísima Virgen María. Si bien el fuego se ensañó vorazmente con el santuario en cuatro ocasiones, la última vez en 1194, fue reconstruído otras tantas veces tanto por su carácter de lugar de peregrinación como por el dinero proveniente de donaciones primero y de las arcas templarias después.

La catedral se encuentra iluminada por 176 vitrales y los rosetones resultan de una belleza tal que cuesta dejar de posar la mirada en ellos, ya que proyectan y difuminan el fabuloso tono azul que la caracteriza y que parece flotar sobre el diseño gótico interior. Antes de dirigirnos al laberinto, inmersa en esa extraordinaria luz y frente a la mirada de Notre-Dame de la Belle Verrière encendí un cirio a la memoria de mi papá, mi querida presencia ausente.

El Laberinto

Los druidas establecieron el centro de culto a la Diosa Madre de la mitología celta en la colina donde hoy se emplaza la iglesia. Cuando el cristianismo se extendió merced a la oportuna conversión de Constantino en tierras romanas occidentales, el sincretismo identificó a la antigua deidad con la Virgen María, que fue proclamada patrona de Chartres.

En las sucesivas construcciones y destrucciones del templo, una figura cubierta de antiguas piedras fue trazada en el centro de la nave central. Este Laberinto, cuyo profundo significado me impulsa a utilizar la mayúscula al mencionarlo, está situado en el sitio de la antigua gruta tal como se acostumbraba a emplazar antiguamente estas singulares espirales, y su recorrido conduce hacia el centro que se asemeja a una flor con seis pétalos.

Chartres ha sido el faro de una ruta de peregrinación que recorrían los fieles durante la Edad Media para manifestar su veneración a la Virgen: en el templo abundan las rosas que se asocian a María, enormes y luminosas, y uno de estos inmensos rosetones preside el centro del Laberinto. El diagrama se asemeja a un mandala cuyo recorrido constituye una breve etapa de instrospección y la mente se detiene mientras un paso tras otro van acortando la distancia que conduce, bajo la protección de una ancestral energía femenina, al núcleo espiritual de cada uno.

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