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El tren que abordamos en Ámsterdam atravesó Bélgica y luego se deslizó, raudo, hacia tierras francas. El viaje fue entretenido y sereno, en un vagón variopinto matizado con tintes idiomáticos similares a la torre de Babel por su diversidad. Finalmente la estructura de la Gare du Nord apareció en el horizonte: el traslado había concluído, por lo menos con respecto a ese tramo.

Abordamos un taxi luego de ejercitar la virtud de la paciencia en una fila bastante larga, que nos depositó en poco tiempo a las puertas del hotel Henri IV, en pleno Barrio Latino. La ciudad latía con su ritmo propio, esa cadencia trepidante y distinguida que otorga a París un toque único y la sitúa entre las favoritas de los visitantes en el mundo, año tras año. Las terrazas de los bares se poblaron poco a poco de comensales, en principio para tomar las bebidas espirituosas propias de media tarde y luego para cenar, temprano para nuestras argentinas costumbres, a partir de las horas vísperas según los términos de la liturgia medieval.

Sin embargo, esta vez no sentía esa alegre ansiedad por sumergirme en los encantos de la capital europea; sólo tenía en mente visitar el Museo de Cluny para ver la colección de arte medieval que había encandilado hace años atrás a mi querida Adri, y abordar un tren para visitar Chartres a fin de saldar una deuda kármica al recorrer su laberinto. El resto del tiempo, le dije a Juan, te sigo hacia los destinos que elijas recorrer; sin embargo, el museo se encontraba cerrado hasta junio así que he de retornar a esta ciudad en algún momento una vez más, si las diosas quieren, para contemplar con mis propios ojos artesanales tapices de damas y unicornios.

París conjuga en sí misma los sueños de aristócratas y emperadores, artistas y bohemios, burgueses y revolucionarios que la dotaron de calles medievales e iglesias, de palacios soberbios, de monumentos dedicados a la más representativa de las revoluciones y de elegantes paseos arbolados donde se concentran la moda y la belleza junto a una ingente cantidad de establecimientos gastronómicos. París palpita tanto en sus calles y en sus transeúntes como en las descomunales colecciones de arte que se despliegan en sus museos, en las obras de los artistas que exponen en las orillas del Sena y en las líneas inconfundibles de la Torre Eiffel. Apasionante y agotadora, la antigua Lutecia nos brinda además una ilusoria promesa de eternidad: siempre tendremos París.

La orilla derecha

Quien arribe por primera vez a la capital francesa puede obtener una vista panorámica surcando el Sena a bordo de uno de los famosos Bateaux Mouche. Fluctuat nec mergitur reza el viejo lema de épocas romanas que integra el escudo de la ciudad y significa algo así como “tocada pero no hundida”. El Sena atraviesa París y constituye un recorrido casi obligado, porque exhibe ante los ojos del visitante la historia viva de la metrópoli integrada por las dos orillas.

La Rive Droite encarna la elegancia y sofisticación amalgamada con el arte que se emplaza en el museo del Louvre. Los edificios más emblemáticos se encuentran en la margen derecha del río; describir todas las posibilidades que ofrece esta parte de la ciudad resulta una ardua tarea, pero si el visitante comienza por la Ópera Garnier que data de 1875 puede improvisar una ruta a pie que ha de llevarlo, casi sin querer, por los monumentos más representativos de la distinción parisina.

La Rue St. Honoré desemboca en una bifurcación a la derecha en la Place de la Madeleine, presidida por las columnas corintias del templo, desde las que se obtiene un panorama impresionante de la Place de la Concorde, donde las ejecuciones se encontraban a la orden del día durante los tenebrosos años del Terror. El obelisco emplazado en la superficie de la plaza resulta gentileza de los egipcios, a quienes los franceses obsequiaron a cambio un reloj que tuvimos la oportunidad de observar en la ciudadela de Saladino, en El Cairo, que curiosamente jamás funcionó.

Al pie de la Concorde se encuentra la avenida Champs-Elysées, y en sentido inverso dos kilómetros separan al visitante del Arco de Triunfo, erigido para perpetuar la gloria del ejército francés al mando de Napoleón, en cuya base se encuentra la Tumba del Soldado Desconocido que desde 1921 recuerda a los combatientes franceses durante la Primera Guerra Mundial mediante una llama siempre encendida. Tal vez sea un buen momento para sentarse a tomar un café y reponer fuerzas en alguna de las terrazas, antes de continuar paseando entre los árboles frondosos y las tiendas de lujo que integran el paisaje de este inagotable paseo.

La orilla izquierda

Así como el Arco de Triunfo preside la margen derecha del Sena, la orilla izquierda cuenta con la torre más famosa del mundo desde el año 1889, gracias a la pericia de Alexandre Gustave Eiffel. Si el ánimo y el clima acompañan, el paseo desde Campo de Marte hasta la emblemática Catedral de Notre Dame atraviesa el alma bohemia de París, característica de la orilla izquierda.

Al arribar al Sena quizás haya que detenerse a obtener una fotografía ante la vista panorámica del Louvre que se despliega, casi sin querer, en todo su esplendor. Saint-Germain-des-Prés no es sólo un barrio presidido por la iglesia abacial más antigua de París: cuna de escritores, filósofos y artistas que dotaron a la orilla izquierda del aura intelectual que aún perdura, alberga entre sus calles los dos cafés más emblemáticos de la ciudad: Les Deux Magots y el Café de Flore, para sentarse a descansar e imaginar las vibrantes discusiones existenciales que tuvieron lugar entre sus mesas.

Los Jardines de Luxemburgo, en mi opinión, constituyen el paseo público más bello de París en cualquier momento del año, y aún con las contingencias climáticas que depara esta ciudad. María de Médici los diseñó a imagen y semejanza de su añorada patria, y la impronta italiana de la reina consorte resulta visible aún en la actualidad. Poco a poco el visitante se aproxima a las calles pobladas de turistas y estudiantes del Barrio Latino, hasta que al atravesar la Fontaine Saint-Michel la impronta bohemia se despliega en todo su esplendor.

El Panteón, el edificio inconfundible de La Sorbonne, la estampa medieval del Museo de Cluny, son sólo algunos de los hitos que ofrece este distrito, pleno de ofertas gastronómicas y artísticas: vale la pena detenerse a admirar alguna de las obras de los pintores callejeros que despliegan su arte a orillas del río. Y así las horas fueron pasando y estábamos nuevamente casi a las puertas del hotel, pero aún no era tiempo de retornar: la iglesia de Saint-Julien-le Pauvre, próxima al Quai de Montebello que conduce a Notre-Dame, fue la última pequeña maravilla que admiramos antes de la cena.

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