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El Barrio de los Museos o Museumplein de Ámsterdam representa el acervo cultural de la ciudad. Está ubicado en las proximidades del Voldenpark, en una zona apacible pese a la muchedumbre que transita por las pinacotecas más relevantes entre las que destaca el museo Van Gogh, dedicado al artista nacido en Groot-Zundert en 1853 y cuya muerte a los 37 años se produjo cuando sólo había podido vender un cuadro de su prolífica obra.

Hijo de un matrimonio formado por un pastor protestante y un ama de casa, Vincent desarrolló una temprana vocación por el arte que procuró sofocar, quizás debido a la influencia paterna, hasta que a instancias de su hermano Theo se inscribió en 1880 en la Academia de Bellas Artes. A partir de ese momento más de 200 pinturas y 500 dibujos habrían de surgir del talento innato del artista en las diferentes etapas de su vida: Holanda, París, Arles, Saint-Remy y Auvers-sur-Oise se encuentran ordenadas cronológicamente en el museo, siendo factible apreciar su evolución entre los primeros esbozos campestres y el atormentado período que precedió a su muerte.

Theo fue un referente y un pilar para Vincent, a quien protegía y cuidaba pese a ser cronológicamente menor; las cartas remitidas por el pintor a su hermano dan cuenta de su vida, sus esperanzas y sueños. En estos documentos se pone de manifiesto la admiración que sentía por el arte japonés: “…es algo así como los primitivos, como los griegos, como nuestros antiguos holandeses, Rembrandt, Hals…” escribía Van Gogh en 1888, pasión que encontraba su correlato en la colección de láminas orientales que coleccionaba, llegando a reunir más de 600 en total.

La exposición Van Gogh y Japón, que tuvimos el privilegio de contemplar ya que se encuentra en el museo hasta el mes de junio de este año, exhibe 60 lienzos y dibujos del artista así como parte de las láminas de su colección. Resulta sorprendente que pese a no haber pisado nunca suelo japonés haya internalizado la estética y técnica características de esta cultura: Le courtisane de Eisen es una obra del artista japonés Keisai Eisen, especialista en el género bijinga que se interpreta como “pintura de mujeres hermosas”. Van Gogh realizó una magnífica copia al óleo a la que adicionó un paisaje de bambú, como se puede apreciar en la fotografía que anuncia la exposición y que resulta apenas un atisbo de la riqueza artística que aguarda al visitante.

Canales de Ámsterdam

Una opción para conocer la ciudad de manera panorámica es abordar alguno de los pequeños cruceros que salen cada media hora de diversos embarcaderos, para navegar por algunos de los canales mas emblemáticos de Ámsterdam. Los hay diurnos y nocturnos, con recorrido más o menos amplio; nosotros optamos por un barco que surcó las principales vías acuáticas durante una hora y quince minutos.

En el período comprendido entre los siglos XII y XVII se construyeron un total de 180 canales cuya profundidad oscila entre los 2 y 3 metros. Con tesón y paciencia los holandeses ganaron tierra allí donde había agua para lograr espacios habitables; como todo lo que resulta escaso, las superficies son muy caras y durante el paseo es posible observar embarcaciones que cumplen el rol de residencias flotantes, algunos de ellos en perfecto estado de uso y conservación.

A medida que avanza el barco la geografía urbana de Ámsterdam destaca en todo su esplendor. La prosperidad por el que atravesó la ciudad durante el siglo XVI determinó la expansión económica de sus pobladores: de manera ininterrumpida las naves que transportaban mercaderías y esclavos enriquecían sin pausa a los habitantes, y fue en esta época cuando se levantaron las mansiones emplazadas a orillas del agua que dotaron de distinción y estilo a la ciudad, y hoy funcionan como hoteles de lujo o museos.

No sólo han sido el motor económico y el símbolo del desarrollo político y cultural de Ámsterdam: su cuidada planificación y perfil arquitectónico les ha valido el galardón de la UNESCO, que en el año 2010 ha incluído a los canales entre aquellos lugares que deben ser considerados Patrimonio Cultural de la Humanidad, reconociendo de esta manera su importancia turística y valor intrínseco.

Zona Roja

Aún para quienes no comulgamos con la idea de la venta del cuerpo como medio de vida, que históricamente ha significado explotación sexual de personas vulnerables como mujeres y niñas, resulta un paseo casi insoslayable la clásica vuelta por la Zona Roja de Ámsterdam. El centro de la ciudad alberga estas calles donde las luces indican los escaparates en los que las mujeres se exhiben previo alquiler del lugar por unas horas, pagando rigurosamente impuestos por una actividad legal y presuntamente voluntaria, aunque la regulación no indaga más allá de lo formal, en definitiva, respecto de este último aspecto.

A medida que el visitante se acerca al centro histórico hay un cambio notorio tanto en los comercios como en la idiosincracia de los seres humanos que por allí transitan. Sin perjuicio de los coffeshops que se pueden encontrar en varios lugares de la ciudad, donde prima la libertad para consumir y comprar sustancias legales (cocaína y heroína, por ejemplo, no se encuentran incluídas), las vidrieras de los negocios ofrecen tanto objetos sexuales explícitos como vestimentas a veces vulgares por obvias, y hay una variedad de clubes para todos los gustos donde la gran mayoría de los espectáculos se encuentran en cabeza de mujeres.

La Zona Roja se remonta al año 1200 y durante todo el curso de la Edad Media los burdeles se fueron extendiendo, ya que la condición portuaria de la ciudad promovía la llegada de hombres de mar ávidos de cuerpos femeninos. La moralidad hipócrita de la Edad Moderna clausuró los prostíbulos y las mujeres comenzaron a ofrecer sus servicios desde la puerta o ventana de sus moradas, siempre bajo el control atento del sheriff de la ciudad; parece que de ahí viene la tradición de la exhibición de los cuerpos a los transeúntes. Finalmente en 1911 el ejercicio de la prostitución fue legalizado en nueve localidades de los Países Bajos, Ámsterdam incluída.

Sin embargo, si bien existen controles respecto de la edad y el permiso del Estado para llevar a cabo la actividad, lo cierto es que la regulación es formal y no va más allá de comprobar estos extremos. A poco de indagar se comprueba que las autoridades no pueden afirmar con certeza que las personas no se encuentren bajo el dominio de un proxeneta, o que una red de trata las someta y explote contra su voluntad luego de captarlas por su condición de vulnerabilidad. De hecho, al caminar por estas calles se advierte a simple vista que las mujeres por sus rasgos son definitivamente extranjeras, lo que acentúa y potencia la condición aludida: nada nuevo bajo el sol pese a la aparente libertad de elección, en definitiva.

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