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Treinta horas después de salir de casa arribamos al hotel Alexander, ubicado a un paso del Vondelpark, el pulmón verde más importante de Ámsterdam. El taxista solemne y elegante nos condujo en un vehículo que se asemejaba más a una limusina por el tamaño que a un simple automóvil desde el posmoderno aeropuerto hasta nuestro ansiado hospedaje, sito en una de las zonas más distinguidas de la capital de los Países Bajos.

Ámsterdam o Amsterdam, según la pronunciación de cada uno, fue fundada en el año 1275, concretamente el día 27 de octubre cuando sus habitantes fueron eximidos del pago de los peajes que regían entre los puentes de Neederlands. Por aquella época era un poblado típico medieval y sus residentes en su mayoría pescadores, al igual que sus fundadores oriundos de Frisia, quienes arribaron al lugar casualmente mientras navegaban el río Amstel.

Un siglo más tarde había florecido debido al comercio marítimo; durante la Edad Moderna dicho florecimiento arraigó y se convirtió en un centro de finanzas mundial, debido además al afincamiento previo de comerciantes protestantes y judíos  perseguidos en otras tierras, que encontraron refugio merced a la tolerancia religiosa característica de la región. Fue la sede de la primera Bolsa de Comercio que funcionó a diario y el casco antiguo se consolidó y creció a partir de la construcción de canales a su alrededor, sin perder la esencia arquitectónica que resulta su sello característico.

Es una ciudad afable y predecible, donde el tiempo transcurre sutilmente entre las calles en las que tranvía y bicicletas resultan medios de transporte casi excluyentes por tierra mientras las embarcaciones surcan ininterrumpidamente los canales. Si bien en su famosa Zona Roja quien lo desee puede observar cuerpos ordenadamente expuestos a la venta y existen comercios donde adquirir cannabis en diversas formas cuyos efectos se describen puntillosamente, no hay estridencias ni excesos a la vista: antes bien, se respira un ordenado laissez faire que sumerge al visitante en una atmósfera calma y pacífica aunque se encuentre inmerso en el pulso cotidiano de la ciudad.

Mercado de las Flores

Las tiendas ubicadas sobre el canal Singel constituyen el único mercado flotante del mundo: Bloemenmarkt se remonta al año 1862 y originalmente era conocido como Plantenmarkt, pues las flores comenzaron a comercializarse recién en las últimas cuatro décadas del siglo XX. Los canales eran empleados para el transporte y venta de las mercancías y resultaba más sencillo concretar los negocios desde los botes que se desplazaban a lo largo del curso de agua; la tradición continúa aunque actualmente las flores arriban por tierra en transportes convencionales a los puestos firmemente amarrados.

Se pueden encontrar tanto flores como semillas y bulbos entre los que se destacan, obviamente, multicolores tulipanes y las semillas de cannabis. Aquellos que no vayan a adquirir productos naturales igualmente no se irán con las manos vacías porque la oferta de regalos y recuerdos con la consiguiente impronta holandesa resulta difícil de resistir; como ejemplo, basta decir que adquirí un paraguas para Paula cuyo mango es un adorable tulipán color rosado.

Una vez finalizado el paseo se impone elegir alguno de los cafés que se emplazan frente al mercado y sentarse a hacer un intervalo al solo efecto de ver la gente pasar, observar el canal Singel que circunscribía la ciudad como foso de la muralla en el curso de la Edad Media y, munidos de un mapa, planificar el paseo futuro por esta urbe amable y cosmopolita.

Ana Frank

Otto y Edith Frank constituían una familia feliz conjuntamente con sus dos hijas Ana y Margot, nacidas en 1926 y 1929 respectivamente. Residían en Frankfurt y su intención era educar a las niñas en Alemania, centro de su vida famliar y social, pero el comienzo de la crisis económica fue caldo de cultivo para el arribo al poder de Adolf Hitler en 1933. Se avizoraban tiempos difíciles para los judíos alemanes, aunque lejos estaba el mundo de imaginar el horror sin límites que vendría después.

Otto Frank comienza a explorar otros horizontes y Ámsterdam surge como una posibilidad cierta de paz y prosperidad. La apertura de la ciudad a otros credos y etnias resultaba proverbial y la familia se establece en una casa cercana a la plaza Merwede; Ana comienza su escolaridad en el jardín Montessori y son tiempos felices en los que la discriminación y las medidas crueles y absurdas impuestas por los nazis aún no hacen mella en Holanda.

Pero en 1940 llegan los nazis a la ciudad y las leyes antisemitas comienzan a regir: Otto Frank designa directores para su empresa y la sede se traslada al número 263 del canal Prinsengracht; las niñas deben concurrir a colegios destinados exclusivamente a judíos y se establecen rígidas prohibiciones en cuanto al transporte público y los horarios para salir a la calle. El 12 de junio de 1942 Ana cumple 13 años y sus padres le obsequian un diario, donde comienza a plasmar los cambios que sufren sus vidas a partir de la ocupación nazi.

A medida que la situación se torna más difícil y angustiante, los Frank comienzan a programar su paso a la clandestinidad y preparan un refugio secreto en la  parte de atrás de la casa donde funciona la empresa:iban a instalarse al 16 de julio, pero la citación a Margot el día 5 del mismo mes con obligación de presentarse en un campo de trabajos forzados los impulsa a adelantar la fecha. Fueron los colaboradores de Otto quienes los sostuvieron y protegieron durante los dos años siguientes; luego llegarían cuatro personas más, buscando refugio ante el avance de la barbarie.

Ana vuelca en su diario las experiencias por las que atraviesa con desgarradora claridad; ya no tiene acceso a sus amigas y entonces dirige una serie de cartas a una joven imaginaria a la que apoda Kitty, también escribe cuentos y copia frases que concitan su atención en las largas horas de lectura en soledad. Conserva una ilusión: publicar sus escritos cuando la guerra concluya y retorne la ansiada normalidad a su vida.

Aún resulta desconocida la manera en que la Gestapo logró ubicar el día 4 de agosto de 1944 el escondite secreto de los Frank. Ana conjuntamente con Margot y su madre fueron deportadas a Auschwitz y luego a Bergen-Belsen, donde finalmente la fiebre tifoidea y las condiciones inhumanas causaron su muerte en febrero de 1945. Sólo Otto Frank sobrevivió a la formidable maquinaria de exterminio concebida por los nazis y a su regreso publicó el diario de Ana, rescatado de la casa por su colaboradora Miep Gies.

La visita al refugio de la familia Frank no sólo permite conocer sus condiciones de vida en la clandestinidad y aproximarse con imaginación a sus sentimientos y sensaciones: configura una pincelada del horror y la ignominia a la que fueron sometidas tantas personas por motivos que aún resultan incomprensibles en sí mismos. Las esperanzas, las reflexiones y los sueños de esta niña que se convirtió en un símbolo de inocente resistencia al régimen más cruel que ha conocido la humanidad cierran la garganta y ei corazón y sacuden el alma, a punto tal que hubo momentos en que creí que no podría continuar con la visita. Tanto dolor, angustia y tristeza se perciben en esas paredes que resulta un consuelo relativo saber que Ana Frank cumplió su sueño y que vive en la memoria de quienes se aproximan, de una manera u otra, a su historia.

Las fotografías resultan mérito exclusivo de Juan.

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