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A despecho de su estilo naif y su estructura programática que recuerda al denostado estilo de la novela rosa, Gran Hotel fue una serie que supo cautivar al público de diversos países con el consiguiente éxito de audiencia. El bellísimo edificio del Palacio de La Magdalena y la pintoresca localidad de Bárcena Mayor, donde se sitúa la acción del imaginario pueblo de Cantaloa, se han constituído en nuevo circuito turístico a partir del rodaje de la serie, que espero ansiosamente poder recorrer en algún momento.

Lo cierto es que la historia romántica de Alicia y Julio, enmarcada en un contexto de suspenso y muerte investigado por el inspector Horacio Ayala, digno de una novela de Agatha Christie por sus dotes detectivescas y su humor corrosivo, fue recepcionada favorablemente por estas tierras y constituyó una bocanada de aire fresco en el medio televisivo, donde priman por lo general programas con dosis casi intolerables de oscuridad.

Algunos personajes en particular nos eran particularmente queribles (con licencia de la Real Academia, que no reconoce este término), como el despistado agente Hernando y la pertinaz Maite, quien por añadidura es soltera y abogada en el año 1904. Ambas condiciones llevan a la conclusión del corrupto inspector Bazán que dichas particularidades la asimilan al mismísimo demonio, con la consiguiente hilaridad de mis amigas especialistas en diversas ramas del Derecho que revisten o han revestido las mismas circunstancias de estado civil y profesión, sin destilar aroma alguno a azufre a su paso.

Varias de nosotras contamos con la gracia de habitar un barrio cercano a la ciudad que ha sabido conservar la esencia que otras zonas han ido perdiendo merced a la prohibición de construir edificios, al trazado de sus calles que no admiten comercios y a los árboles que pueblan la zona, en los que el piar de los pájaros preanuncia los ciclos de la Naturaleza. Así hemos bautizado la zona como la Comarca debido a la atmósfera encantada digna de J.R.R. Tolkien que se perfila al alejarse del centro, y a partir de Gran Hotel la he denominado Cantaloa sin otra razón que la cadencia del nombre y su originalidad.

Hacía tiempo que no me decidía a celebrar un cumpleaños con todas las de la ley por motivos diversos; durante 2016 el festejo previsto se había truncado por la partida imprevista de mi papá, pero a fines de 2017 sentí que era momento de celebrar a pesar de su ausencia siempre presente. Así que con la invalorable ayuda de algunos amigos y la concurrencia alegre de otros conjuntamente con la familia, dimos por inaugurado el sarao de Cantaloa.

La etimología de la palabra sarao, del latín serânum, remite a la tarde, ese horario vespertino determinado por la puesta del sol en el que se celebraban la mayoría de las fiestas paganas, que se extendían hasta bien entrada la noche. También reconoce su origen en el gallego serao mediante el portugués sarâo para denominar a la fiesta popular nocturna que ya se celebraba en el curso del siglo XVI: la connotación del vocablo no podía resultar más atinada para la ocasión.

Nunca es tarde para decir gracias, así que aún cuando ha transcurrido más de un mes del festejo agradezco de corazón a todos los que me acompañaron en un cumpleaños inolvidable: en el sarao de Cantaloa rondas casi interminables de daikiris elaborados con alegría y tesón por Juan, Marcela y Vero circularon entre los entusiastas comentales; acordes de guitarra y tangos rasgaron la noche por la disposición sonriente de Riki; tortas de tamaño inconmensurable elaboradas por la maestría repostera de Ale como lemon pie, brownie con dulce de leche y un inmenso pastel de cumpleaños de merengue y frutillas conformaron una mesa dulce matizada con helado de limón y champagne; Julio desde el piano y Leandro desde el saxo recorrieron diversos géneros musicales e impulsaron a levantarse de las sillas para acompañar con el cuerpo la alegría de la música. Y tuve una ingente cantidad de obsequios, de todas las variedades y colores.

Midachi

En el año 1983, el dúo cómico formado por Miguel del Sel y el Chino Volpato animaba las tardes del programa radial “De doce a catorce”, emitido por una emisora de la ciudad de Santa Fe. Dady Brieva se incorporó más adelante y quedó configurado el trío Midachi, llamado así por las primeras sílabas del nombre y sobrenombres de sus respectivos integrantes.

Cuando en 1989 decidieron radicarse en Buenos Aires, la acidez humorística y el desparpajo del grupo habían sido apreciadas tanto en eventos particulares como en peñas, shows y cenas a beneficio a lo largo de todo el país. La ciudad capital los recibió con los brazos abiertos en el teatro Lola Membrives; ese fue el inicio de una carrera artística que los catapultó a los establecimientos de la calle Corrientes así como a diversos países americanos, con un éxito tal que se los denominó “el fenómeno Midachi”: 55 shows en el teatro Gran Rex dan razón del calificativo.

El trío se disolvió en 1995 aunque realizaron espectáculos aislados en diversas fechas durante algunos años, hasta que la política, la literatura y la actuación los separaron en 2010.  Este año han vuelto a las andadas con Midachi Kindon, una espectacular puesta en escena con reminiscencias de los personajes de Walt Disney a los que dan vida en una serie de cuadros desopilantes, sumados a los delirantes personajes que componen Brieva y del Sel acompañados por la graciosa sobriedad del Chino.

Concurrí al estreno de Midachi Kindon gracias a la amabilidad de Marisa y no exagero cuando afirmo que pasamos conjuntamente con Marcela casi todo el espectáculo riendo a carcajadas: basados en una gran intuición y en el contacto directo con el público, los integrantes del trío Midachi transmiten una hilaridad irresistible y una energía festiva que resultan sumamente gratificantes en estos tiempos turbulentos.

Testeos vernáculos

En mi siempre renovado recorrido por el mundo de la cosmética, del que jamás me canso pese a la cantidad de productos que he testeado a lo largo de mi existencia, he encontrado tesoros cercanos que se destacan entre las marcas tradicionales por su relación calidad-precio. En este caso, el jabón de glicerina lo descubrí en Quito y luego la marca se radicó en Argentina; la crema, primorosa, se debe a la inquietud de una firma oriunda de Buenos Aires que actualmente se ha extendido a la vecina orilla uruguaya.

Mientras recorríamos la maravillosa calle La Ronda, situada en el Centro Histórico de Quito, donde se fusionan diseño y vanguardia con tradiciones culturales antiquísimas propias de las comunidades originarias, ingresé en cada uno de los locales que llamaron mi atención por su originalidad. En uno de ellos se encontraban los jabones de Lumine, elaborados en base a diversas sustancias naturales, entre ellas la glicerina.

Este lípido integra la membrana celular de los seres vivos en forma de fosfolípidos y proporciona enormes beneficios a la piel, entre ellos humectación al contribuir a retener la humedad, hidratación necesaria para conservar lozanía y cicatrización de heridas. El jabón de Lumine, de carácter neutro y amoroso formato, fue uno de los recuerdos que viajaron conmigo desde el país del medio del mundo.

Bouqueterie es una marca con pocos años en el mercado, que desde la espléndida Avenida Alvear ha sabido ganarse un lugar en el amplio mundo de la cosmética. Sus productos son tan delicados como naturales; en este caso, la crema de oliva y rosas conjuga la suavidad de la flor con el poder tonificante del olivo, sintetizando una untuosidad aromática altamente benéfica para la la piel del rostro.

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