Etiquetas

, , , , , ,

El día 25 de diciembre, tan significativo en cuanto a festividades en el mundo occidental, se vincula definitivamente con el nacimiento de Jesús en nuestra cosmovisión impregnada de la liturgia cristiana. Pero a despecho de las rígidas creencias que se imponen sobre las que quedan en el camino en el curso de la historia, dicha fecha ya constituía un evento significativo para los pueblos precristianos: en Roma, Juno Lucina era la deidad que representaba el retorno de la luz.

La visión y la iluminación eran los dones que caracterizaban a la diosa, cuyo festival era celebrado con antorchas y fogatas. El 25 de diciembre el sol comenzaba a moverse en dirección opuesta según los romanos, concluyendo así el período de sol sticere: literalmente, “el sol está quieto”. Con el retorno de la luz renacía el rey solar: de ahí que los mitos resulten coincidentes en cuanto a la fecha y el advenimiento del Iniciado.

Juno Lucina era la partera del renacimiento anual de la luz y la encargada de abrir los ojos de los recién nacidos luego de los nueve meses de acogedora oscuridad transcurrida en el vientre materno; el cristianismo se hizo eco del culto a la diosa y el sincretismo la adoptó como Santa Lucía. Sin embargo, lejos se encuentra la poderosa advocación de Juno Lucina de la sufrida Lucía de Siracusa, porque el significado de “dar a luz” se torna también alegoría del momento en que las ideas y proyectos cobran vida propia y posibilidad de concreción.

Cualquiera sea la creencia que sostiene nuestro sistema personal, no resulta óbice para abrir el alma a la posibilidad del retorno de la luz. Renacer como infantes y permitir que una energía intensa y reveladora nos contenga e ilumine para vibrar sutilmente como portadores de un nuevo comienzo, en nuestro beneficio y, por consiguiente, en el de toda la humanidad.

Aquelarre en solsticio

Durante el pasado 21 de diciembre, el hemisferio sur dio la bienvenida al verano y se produjo la noche más corta del año, después de un largo día con intenso desarrollo de luz solar. En puridad, pese a que el término solsticio se vincula a la totalidad del día en que se produce, tuvo lugar en un efímero instante, exactamente a las 16,28 horas UTC (Tiempo Universal Coordinado), cuando el sol alcanzó su máxima altura sobre el Trópico de Capricornio.

Nuestras ancestras conjuraban diversos hechizos durante el solsticio de verano, destinados a aumentar la fertilidad de la Tierra y su consiguiente réplica en las relaciones amorosas. El solsticio era también el momento para purificarse mediante el poder del fuego, quemando aquellos elementos que simbolizaban vínculos o creencias que debían dejarse de lado para evolucionar: ellas sabían que el punto más alto de la rueda es propicio para festejar en comunidad y tributar a los espíritus de la Naturaleza, aliados incondicionales de aquellas personas que perciben la apertura de las puertas del mundo entre los mundos.

En el curso del solsticio se celebró nuestra último aquelarre del año, en el que reunidas alrededor de la mesa preparada con inmenso cariño por Marcela dejamos de lado el cansancio propio de la época y de los tiempos que corren: con obsequios, anécdotas y risas recibimos esta nueva posibilidad de disfrutar de la abundancia, los frutos de la Tierra y la fulgurante energía de la luz.

Testeo navideño

En épocas de San Bonifacio, cuando el roble se encontraba asociado al paganismo y fue reemplazado por el pino a fin de introducir a los pueblos bárbaros en el dogma cristiano, los elementos decorativos asociados al pecado que pendían de sus ramas fueron las infaltables manzanas, para recordar a los hombres su origen espúreo vinculado a la serpiente y su femenina condición.

Con el correr del tiempo las esferas que ornamentan el árbol navideño adquirieron diversos significados según fuera el color de cada una, que en su conjunto representan los dones que la divinidad otorga generosamente a los seres humanos: piedad, misericordia, sabiduría, fortaleza, son algunos ejemplos. A su vez, cada color se relaciona con una petición: blanco para agradecimiento, rojo para súplica, dorado para tributo, azul para solicitar absolución.

Con vocación navideña, Vero me ha obsequiado esta esfera brillante de VZ para diluir poco a poco su espuma en la bañera e impregnarse en varias ocasiones de su efecto festivo. Seguramente San Bonifacio no tenía en mente un adorno de carácter placentero para colgar de las ramas perennes del pino, pero el recuerdo del santo y sus rígidos cánones medievales no ha de obstaculizar el disfrute que posibilita transcurrir esta encarnación en el multifacético siglo XXI.

Anuncios