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Arribamos a Roma luego de un largo traslado que incluyó el transporte desde Sant´Agata, el incomodísimo tren hasta Nápoles y luego otro tren que nos depositó en un par de horas en la Ciudad Eterna, cansados y famélicos por falta de previsión: confiados en almorzar en el último tramo, no contamos con que hay servicios interurbanos que carecen de bar, restaurante o kiosco para abastecer a desprevenidos pasajeros.

El hotel Piram vuelve a recibirnos en su confortable edificio como en nuestro arribo, sólo a efectos de acomodar el equipaje y partir prontamente a recorrer las calles romanas con el entusiasmo que despierta indefectiblemente esta ciudad. Por un rato olvidamos el hambre y el cansancio mientras decidimos caminar rumbo a Trastevere: recorrer Roma a pie requiere olvidar cualquier plan de arribar a horario a algún sitio, porque cada esquina y cada recoveco configuran una lección de historia en sí mismos.

El nudo gordiano de la ciudad confluye en el grandilocuente monumento dedicado a Vittorio Emanuele II o Vittoriano, dedicado al artífice de la unificación italiana y también conocido como Altare della Patria. Emplazado en Piazza Venezia, llamada así debido al cuerpo del palacio que fue trasladado desde dicha urbe y sirve de marco a la construcción, sus dimensiones descomunales y su diseño ampuloso contrastan con el clasicismo que caracteriza a la ciudad. Sin embargo, es un punto de encuentro así como de interés para la inmensa cantidad de turistas que visita Roma cada año y alberga desde 1921 la tumba de un soldado desconocido flanqueado por una llama que nunca se extingue, como tributo permanente a los italianos caídos durante la Primera Guerra Mundial.

Continuamos caminando hasta avistar el perfil inconfundible del Anfiteatro Flavio o Coliseo, que desde sus 2000 años de antigüedad constituye junto con Ciudad del Vaticano los dos mayores atractivos turísticos de la ciudad. Cada Viernes Santo el pontífice preside el tradicional Vía Crucis desde el Coliseo: los cristianos y los gladiadores constituían espectáculos tan crueles como fascinantes para los espectadores ansiosos de sangre que se amontonaban en las gradas del anfiteatro.

El Foro Romano, el Mercado de Trajano, la Fontana di Trevi… los lugares más emblemáticos de Roma van desfilando ante nuestros ojos y resulta difícil no detenerse a contemplar la historia viva que representa cada uno. Nuestro camino hacia Trastevere no es lineal ni preciso aunque estamos cansados y cada vez más hambrientos: no hemos probado bocado desde la mañana, cuando desayunamos antes de partir. Munidos de agua nos vamos acercando al río para cruzar el puente mientras se perfila San Pedro a lo lejos, pero un cartel indicador nos desvía para contemplar, en el pórtico de la iglesia de Santa María in Cosmedin, la Bocca della Veritá.

El rostro de Neptuno se encuentra tallado en un diámetro de 1,75 metros; sus ojos, nariz y boca están perforados y cuenta la leyenda que aquéllos que faltan a la verdad pierden la mano al introducirla en la boca del dios del mar. Un desconfiado romano trasladó a su esposa presuntamente infiel ante la escultura para someterla al designio preclaro de la deidad; la mujer, culpable al fin, fingió un desmayo y quien la sostuvo para que no cayera fue su amante: sin temor alguno, la dama juró que sólo la habían tocado su esposo y el amable señor que la contuvo en el instante previo, y así su mano fue retirada intacta y su crédulo marido respiró aliviado.

Trastevere

La bohemia y el diseño actuales que se respiran en sus calles parecen renegar del pasado etrusco del Trastevere, esa tierra situada más allá del Tíber y denominada en consecuencia. Pero a poco de comenzar a recorrer sus calles pretérito y presente se entrelazan en el barrio más pintoresco de Roma, recorrido por tantos visitantes como los que lo habitaban allá por el siglo I a. C., cuando las comunidades extranjeras se instalaron para desarrollar sus actividades comerciales y mercantiles debido al puerto emplazado en las cercanìas.

Los patricios, atraídos por la brisa fresca que circulaba desde el río, construyeron villas enormes y elegantes decoradas con estatuas y estanques que decoraban los jardines. Con la consolidación del cristianismo como religión oficial se erigieron las iglesias, entre las que sobresale la basílca de Santa María in Trastevere que data del siglo III y fue reconstruída en el siglo XII; sus columnas de granito se remontan a las Termas de Caracalla, pues desde allí fueron acarreadas para sostener la estructura del templo.

En Trastevere proliferan los reductos gastronómicos pintorescos y allí repusimos fuerzas con una cena suculenta antes de deambular por las calles de trazado medieval que aún conservan nombres alusivos a los artesanos que las habitaban. Así pasamos a integrar una muchedumbre entusiasta que recorría cada rincón deteniéndose en las esquinas donde brindan sus conciertos los músicos callejeros, o desplazándose en los puestos de recuerdos que se extienden prolijamente en las cercanías de la Piazza de Santa María.

Enmarcado por una hiedra de color verde menta emerge como un sitio de cuento Roma Store Profumi, donde los amantes de las fragancias sentimos que hemos accedido al Paraíso perdido: entre los sones de la música callejera y el aire perfumado que se percibe al pararse frente al local, sólo cabe disfrutar y atesorar en la memoria semejante obsequio para los sentidos.

Campo de´Fiori

El viaje llegaba a su fin al día siguiente, en mi caso; a Juan aún lo aguardaba una visita familiar a Barcelona y el recorrido tanto de la Ciudad Condal como de algunas localidades cercanas, que finalmente estuvo signado por los acontecimientos vinculados al fallido intento de independencia catalana. Pero aún teníamos unas horas en la capital italiana, así que luego de un desayuno más que reconfortante nos dirigimos hacia Piazza Navona, emplazada sobre el que fuera el Stadium del emperador Domiciano y hoy una de las más famosas de la ciudad.

Su destino imperial fue modificado en la Edad Media y los juegos que tanto deleitaban a los patricios cedieron paso a un mercado de grandes dimensiones, hasta que el papa Inocencio X encargó al arquitecto Borromini la construcción de la Basílica de Santa Agnese in Agone sobre la antigua iglesia del siglo VIII, en homenaje a la niña de doce años martirizada por rehusar contraer matrimonio con un pagano. De la misma época data el Palazzo Pamphili, construído como residencia familiar del mismo pontífice.

Las tres fuentes que caracterizan a esta plaza configuran un magnífico conjunto escultórico, al que se añade el obelisco de origen egipcio emplazado en la Fontana dei Quattro Fiumi, que fue trasladado a Roma por Domiciano y constituye una réplica del que se encontraba en el templo de Serapis. El escultor Gian Lorenzo Bernini representó a los ríos Ganges, Danubio, Nilo y de la Plata con facciones viriles y características propias, haciendo alusión a los cuatro continentes conocidos hasta entonces.

Apenas unos minutos tardamos en recorrer la distancia que separa Piazza Navona de Campo de´Fiori, donde el mercado colorido matutino cede el paso a los bares y restaurantes por la noche, marcando el pulso del que fuera un prado florido del que deriva el nombre que aún mantiene. En el medio, impertérrita, la austera estatua de un monje domina el paisaje: Giordano Bruno, el hereje impenitente, mantiene vivo su espíritu aunque su carne fue devorada por las llamas.

Porque no sólo había flores y palazzos de familias prominentes en Campo de´Fiori: también era el sitio donde se llevaban a cabo las ejecuciones públicas y la visión preclara de Bruno sobre cosmología, magia, heliocentrismo e infinitud universal habrían de costarle la vida. La rigidez dogmática y la ignorancia de la jerarquía católica no se contentaron con la tortura y la hoguera, y así parte de la obra del filósofo y científico también fue quemada en la plaza de San Pedro.

Italia ha reivindicado la figura de Bruno, aunque la primera estatua erigida en su honor en 1849 fue destruida por el papa Pío IX en la Restauración; finalmente, en 1889 el monumento fue inaugurado oficialmente y significó un homenaje al libre pensamiento, encarnado en la figura de este hombre que no dudó en dedicar contundentes rimas a sus verdugos: “…Decid a vuestro Papa, vuestro señor y dueño / decidle que a la muerte me entrego como a un sueño / porque es la muerte un sueño, que nos conduce a Dios./ Más no a ese Dios siniestro, con vicios y pasiones / que al hombre da la vida y al par su maldición / sino a ese Dios-idea, que en mil evoluciones / da a la materia forma, y vida a la Creación…”.

Todas las fotografías resultan mérito exclusivo de Juan.

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