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El traslado hacia Capri preanuncia la belleza de la isla: aguas azules, sol radiante, naturaleza despampanante y el glamour que se respira en sus calles irregulares. Desde tiempos romanos fue elegida como destino de solaz y vacaciones por sus condiciones y su clima; el mismìsimo Tiberio instaló su residencia en Villa Jovis, ubicada en un punto estratégico de esta tierra de ensueño.

Hay varias maneras de navegar hasta Capri: en ferry desde el puerto, en barco alquilado en exclusividad, en embarcaciones menos masivas que trasladan a una docena de personas por vez… nosotros optamos por esta última alternativa, en especial porque asegurábamos el traslado desde Sant´Agata hasta Sorrento en un vehículo de la agencia, la disposición de horas en la isla para caminar y almorzar y la posterior navegación por los alrededores del mar Tirreno.

Desde la Marina Grande el camino hacia el centro de la ciudad, encaramado en lo alto, admite varias opciones: taxis descapotables dignos de una película hollywoodense, ómnibus regulares, funicular o caminata escaleras arriba, que con esfuerzo y tesón permite arribar al cabo de media hora a la pintoresca Piazzetta Umberto I, sentarse en una de las terrazas cubiertas por sombrillas y tomar un café acompañado de una delicia dulce italiana. Los precios, obviamente más elevados que en Sorrento, resultan similares a los de la Costa Amalfitana.

El centro es rigurosamente peatonal, salvo por los empleados de hoteles que se desplazan en unos pequeños vehículos que transportan el equipaje de los huéspedes entre calles diminutas, comercios pintorescos y boutiques de lujo que se extienden a la largo de Vía Camerelle. La construcción del antiguo hospital es hoy el Grand Hotel Qvisisana; con un poco de imaginación se puede ver a Pablo Neruda, Jean Paul Sartre o Grace Kelly deambulando entre los balcones floridos.

Carthusia

Giovanna d´Angiò, soberana de Nápoles, se aprestaba a visitar Capri en el año 1380. El prior de la Carthusia di San Giacomo recogió las flores más fragantes que pudo encontrar en la isla y la reina las sumergió en agua: cuando fue a retirarlas, el aroma que se desprendió era tan peculiar como seductor y al recurrir al experto botánico del convento, éste le ratificó al religioso que se debía al Garofilum silvestre caprese, una planta originaria de la isla. Así surgió el primer perfume de Capri.

Los monjes continuaron elaborando estas fragancias bajo estricta reserva de las fórmulas como una manera de obtener ingresos para sostener la orden, pero con el tiempo fueron olvidadas. Fue en 1948 cuando el prior de aquella época encontró los viejos manuscritos y solicitó el permiso del Papa para entregarlos a un químico del Piamonte: así surgió el laboratorio de perfumes más pequeño del mundo, que emplea los mismos métodos de producción de antaño con materias primas originarias de la isla.

Se puede admirar la tienda de Vía Camerelle y elegir entre los exhibidores la fragancia que nos remontará a tiempos pasados una vez vueltos a la vida cotidiana, o bien visitar el  mágico laboratorio cercano donde elaboran tanto aguas de colonia como perfumes y exquisitos productos cosméticos y para el hogar: romero recogido en el monte Solaro, clavelinas fragantes y cítricos jugosos son sólo algunos de los elementos naturales utilizados en las fórmulas de los antiguos monjes de Capri.

Grutas marinas

Después del almuerzo frente al mar en un concurrido restaurante bajamos las escaleras hasta llegar nuevamente a Marina Grande, donde el barco nos estaba esperando para llevarnos a navegar por los alrededores de la isla. La estela blanca de la espuma abre paso al paisaje en una confluencia de verde y azul, del que se descuelgan las casas blancas que parecen pintadas sobre las rocas.

Capri posee unas 65 grutas marinas entre las que destaca la famosa Grotta Azzurra, donde el agua parece cristalizarse en el color cobalto que irradia desde su fondo. Cuenta la leyenda que los emperadores romanos empleaban esta gruta como baño privado y que su popularidad se debe al artista polaco Klopisch, quien en 1826 supo de su existencia por un pescador y no pudo evitar compartir el secreto con el resto del mundo, habida cuenta de la increíble belleza de la cueva marina.

Los colosos de piedra o Faraglioni se emplazan, impertérritos, en el medio del mar: Saetta se resiste a desprenderse de la isla, en Stella la erosión ha tallado un arco natural que se adentra en las aguas mientras en Scopolo habita el lagarto azul, indiferente a las exclamaciones de los visitantes ante semejante espectáculo natural.

Los paisajes en las rocas parecen extraídos de un mundo irreal y se visualiza el Arco Naturale, inmensa puerta de entrada a la que fuera otra gran cueva que fue ampliando su tamaño debido a la acción del viento y la lluvia durante el curso de los siglos. Y así se fue deslizando el barco entre el oleaje hasta que la caída de la tarde indicó el momento del regreso a Sorrento, mientras nuestros ojos procuraban retener la hermosura de la naturaleza que circunda la isla de Capri.

Todas las fotografías resultan mérito exclusivo de Juan.

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