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De los errores se aprende y bajo esta máxima transita nuestra vida. La idea de abordar el bus turístico hasta Positano se cimentó en dos premisas: que en general este tipo de transporte es útil en algunas ciudades porque permite ascender y descender en libertad sin restricción horaria, y que era lo más conveniente según el entusiasta relato al respecto de una compañera de yoga, que había recorrido por este medio la Costa Amalfitana.

Nuestra experiencia no fue amable y lamenté haber desechado la idea de arribar en barco, por cuanto en esta zona del planeta el bus turístico sólo implica un ticket que hay que validar al salir, previa fila para que determinen en qué horario corresponde al portador; luego debe reservarse la vuelta al arribar a destino, sin opción al respecto. Pero ya estábamos allí, a bordo finalmente, para contemplar el perfil de Positano, un pequeño y encantador enclave que parece tallado en la roca sobre la que se despliega, empinado.

Positano se encuentra bañado por el golfo de Salerno e integró la otrora poderosa República Amalfitana, hasta que la pujanza de su puerto perdió fuerza ante el hostigamiento de Sicilia. Venido a menos durante varios siglos, la belleza del paisaje fue redescubierta en los años ´50 por ricos, famosos y artistas que adoptaron al pueblo como residencia veraniega, tal como lo habían elegido otrora los patricios romanos del período imperial. A partir de este momento los callejones intrincados, las casas blancas que descienden sobre el mar, la arquitectura de cuento y las playas convirtieron a Positano en un destino turístico internacional, tan masivo como lo permiten su acceso intrincado y sus precios.

Frente a la costa se encuentra el archipiélago Li Galli o Le Sirenuse, cuyas tres islas principales rememoran a los seres mitológicos que enamoraban a los marineros con sus cantos. Gallo Lungo, Castelletto y Rotonda pertenecen a particulares que han instalado allí alojamientos de lujo casi inaccesibles; en alguna época de su vida, el bailarín ruso Rudolf Nureyev adquirió Gallo Lungo para su propio solaz y se cuenta que nadaba sin ropas en las aguas azules que circundan el islote.

A mayor abundamiento, la familia Sersale, propietarios del icónico Le Sirenuse, para conmemorar el cincuentenario del palacio convertido en hotel de lujo decidieron confiar al perfumista Bertrand Duchaufour la creación de una fragancia que evocara el aroma mineral característico de la terracota bañada por el sol. Eau d´Italie fue un éxito inmediato porque sus componentes remiten tanto al incienso como a la frescura del limón, a bergamota impregnada con acordes de arcilla; en suma, a esa fusión de lujo y alegría serena que resume el espíritu de Positano.

Amalfi

Descendit ex patribus Romanorum: el escudo de Amalfi da cuenta de su origen romano. Fundada en el año 339, fue dominada por los lombardos en el siglo IX, pero cien años después había resistido a sus invasores y comenzó a desarrollarse como una potencia marítima debido a la posición estratégica de su puerto, que constituía la ruta intermedia entre el interior de Italia y las sedas y especias de Egipto y Siria. Así se afianzó hasta que la poderosa capital de la Repubblica Marinara fue destruída por un tsunami, que exterminó parte de su población y su poderío en el siglo XIV.

Como un eco esplendoroso del pasado, la Piazza del Duomo hoy recorrida por inifinidad de turistas se encuentra dominada por la impresionante Cattedrale di Sant´Andrea, cuyo estilo multifacético la torna aún más interesante. Fue construída en el siglo X con mampostería sicialiana y árabe; el campanario data de 1200 como su interior barroco y sus mosaicos orientales, en tanto que las enormes puertas fueron trasladadas desde Siria. En el siglo XIII se anexaron los Claustros del Paraíso para que los ciudadanos más importantes encontraran descanso eterno bajo sus arcos árabes; el cuerpo del mismísimo apóstol San Andrés se encuentra enterrado bajo la cripta.

Desde Amalfi se puede abordar un barco que navega bordeando el paisaje inolvidable de la Costiera, en el que los acantilados que en algunas partes alcanzan 600 metros sobre el nivel del mar no fueron óbice para que se desarrollara en vertical este hermoso enclave marítimo. Se avistan mientras el barco se desliza sobre las aguas increíblemente azules residencias que parecen descolgarse sobre el mar; una de ellas fue contruída por Carlo Ponti como tributo amoroso a la mítica Sofía Loren.

Después de la navegación se impone un tentempié, así que nos dirigimos a la Pasticcería Pansa, que desde 1830 continúa la tradición artesanal de su fundador: el sabor de la sfogliatella acompañada por un café humeante configura otro placentero recuerdo de la soberbia capital de la Reppublica Amalfitana.

Ravello

Si Positano representa el diseño y la moda y Amalfi la historia, Ravello evoca la cultura en todas sus facetas. Elegante y discreta desde su origen, fue elegida como sede de familias patricias que huyeron de Roma ante el asedio de los bárbaros y encontraron en el promontorio ubicado entre los valles Dragone y Regina una defensa natural de 350 metros de altura.

El papa Víctor III dotó a Ravello del carácter de sede episcopal, que adunado a su ubicación como centro comercial y marítimo promovieron la opulencia de la población: mansiones y palacios se construyeron al amparo de la alianza con Amalfi hasta que su fidelidad fue castigada por la poderosa Pisa, que no perdonó la pertinaz insurrección a las ciudades toscanas.

No obstante, la atmósfera mágica de Ravello fue custodiada por familias aristocráticas que encontraron en su inaccesibilidad y su geografía una especie de paraíso acorde a necesidades y pretensiones. Cuentan que Lord Grimthorpe arribó a esta villa aquejado de una depresión que cedió ante el paisaje y el clima; el noble supo reconocer adquiriendo Villa Cimbrone, restaurando su esplendor y recuperando así uno de los palacios más bellos del sur de Italia, hoy magnífico hotel de lujo.

Un párrafo aparte merece Villa Rufolo, donde Richard Wagner terminó de componer su Parsifal. La impresionante mansión fue adquirida en 1851 por el millonario escocés Francis Neville Reids, quien adicionó a la estructura un jardín desde el que se puede contemplar el trazado de Salerno: allí se lleva a cabo cada verano el festival wagneriano, intercalado con noches de jazz y otros ritmos musicales. La construcción original fue restaurada respetando su esencia, y el recorrido de los tres pisos de la Torre-Museo permite al visitante obtener una semblanza de la poderosa familia Rufolo, cuyo poderío le permitió habitar un palacio con tantos ambientes como días del año.

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