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El tren que parte desde Santa María Novella nos aleja poco a poco de Florencia; en menos de dos horas arribamos a la tumultuosa Nápoles, donde abordamos otro tren que recorre más de 30 estaciones hasta que finalmente avistamos Sorrento, cuyo paisaje y trazado difieren notablemente de la aristocrática elegancia del norte de Italia.

Sorrento, cuyo nombre deriva del griego Surrentum, vincula su denominación con el mito de las sirenas, las atractivas habitantes del mar mitad mujeres, mitad peces, por las que Ulises ordenó a su tripulación que taparan sus oídos mientras él mismo se ataba al palo mayor de la embarcación para no ceder al hechizo de sus cánticos. Sorrento fue fundada por los fenicios y conquistada por los griegos primero y los romanos después, y si bien en principio sus habitantes se rebelaron contra el César finalmente la fuerza del Imperio los sojuzgó: su privilegiada geografía la convirtió en residencia favorita de los altivos patricios romanos.

La poderosa Bizancio anexó Sorrento a su territorio en el siglo VI pero recuperó  autonomía en el siglo IX como ducado, rivalizando en poderío con Amalfi y los voraces sarracenos. Las murallas de la época romana fueron reforzadas desde 1588 ante los saqueos de los piratas musulmanes y aún circundan la parte norte de la ciudad, cuyo centro histórico conserva el trazado de la época romana. En Piazza Tasso los restaurantes y bares reciben a los turistas que caminan por Corso Italia hasta que el tránsito cede el paso a los peatones y las tiendas se despliegan una tras otra en un estallido de colores y sabores.

Enclavada sobre el paisaje deslumbrante dominado por la bahía de Nápoles y el Vesubio, Sorrento es la puerta de entrada tanto a la historia por su proximidad con Pompeya, como a la abrupta belleza de la Costiera Amalfitana; enfrente, a menos de una hora de navegación, se encuentra la pequeña Capri, una isla tan paradisíaca como glamorosa.

Sant´Agata sui Due Golfi

El alojamiento es complicado en Sorrento si no se toman precauciones al respecto y lo aprendimos tardíamente, así que optamos por la cercana Sant´Agata sui Due Golfi ante mi equivocada sugerencia, ya que cada persona construye el mundo según sus esquemas y al ver que sólo estaríamos a 7 kilómetros hasta imaginé bucólicos paseos a pie de ida y vuelta. Nada más alejado de la realidad por cuanto la geografía sorrentina no se acerca ni remotamente a la planicie de la llanura argentina, y los 7 kilómetros transcurrían entre intrincados caminos de altas colinas que triplicaban la distancia.

Así, al arribar cometimos el carísimo error de tomar un taxi ante la mirada de espanto del dueño de Maison Fernanda, nuestro hospedaje durante la estadía en el sur de Italia. “Hay autobuses”, murmuró mientras descendíamos del transporte y Juan procedía a hacer efectivo el pago de uno de los servicios más caros de la historia de nuestros periplos. Pero finalmente estábamos allí y, una vez instalados, tomamos un café con leche reparador y nos dedicamos a visitar la pequeña localidad.

Sant´Agata sui Due Golfi remite a la privilegiada ubicación geográfica en la que se emplaza, en la colina que domina las bahías de Nápoles y Salerno, gozando en consecuencia de privilegiadas vistas en un ambiente aún sereno, pese a la cantidad de hoteles y establecimientos gastronómicos necesarios para atender a los ansiosos turistas. Esta santa originaria de Palermo, tan rica como hermosa y cristiana, huyó a Catania para evitar el acoso de Quinciano, gobernador de Sicilia obsesionado con la belleza de la joven. Su negativa enfureció al romano, quien determinó que fuera hecha prisionera y sometida a crueles tormentos, pero un terremoto sacudió la región mientras era torturada y los habitantes exigieron el cese del suplicio. Finalmente murió en prisión, dando gracias por haber conservado la entereza y sostenido su devoción virginal.

El minúsculo centro histórico alberga una pequeña iglesia cuya estructura actual data del siglo XVII, aunque su referencia más antigua remite a 1475 y atribuye su fundación a la familia Festinese para agradecer a la Virgen María por haber preservado a una de sus hijas del ataque de un lobo. El altar fue realizado por el artista Dionisio Lazzari en mármol policromático con incrustaciones de nácar y lapislázuli: allí refulge un busto de plata de la santa en cuyo honor fue bautizada la localidad.

Carmelitas del Desierto

Camino arriba por la colina, bordeando una calle flanqueada por árboles donde el aire de tan limpio resulta transparente, se encuentra el Monasterio de San Pablo, un convento carmelita que se puede visitar con sólo seguir el trazado de la Vía Deserto hasta arribar a una entrada presidida por la efigie del santo; allí las monjas se rigen por estrictas normas de clausura pero resulta factible ingresar en silencio y subir hasta la terraza para acceder al mirador situado a 1500 metros de altura.

La estructura del edificio data de 1679 y fue construída por la orden de los Carmelitas Descalzos; en 1867 el Padre Ludovico da Casoria solicitó al Papa permiso para erigir en la colina del Deserto un convento de monjas de clausura, lo que determinó la modificación de la obra original, su ampliación y adecuación. El monasterio, si bien en su denominación alude unicamente a San Pablo, también se encuentra dedicado a la omnipresente Agata.

El mirador permite perder la vista sobre el golfo de Nápoles y avistar el Vesubio, desviar apenas la mirada hacia el golfo de Salerno y contemplar el contorno de Capri sobre las aguas azules, en una conjunción de belleza paisajística que resulta casi imposible describir y transmitir.

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