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Los viajes conjugan experiencias, vivencias e imágenes que quedan flotando en la retina y decantan internamente, paso a paso. A veces un inconveniente técnico deviene adecuado, porque permite internalizar aún más aquellos días vividos antes de volcarlos en la página en blanco, más allá de la ansiedad inicial.

Así mis días en Florencia retornan con todo ímpetu desde el recuerdo y me introducen nuevamente en las arterias de esa ciudad añorada, entre las que se encuentra la arquitectura gótica de la Basílica de Santa María Novella.

Los dominicos, con ideas claras acerca del espacio y las proporciones, imaginaron un templo que representara la ideología de su orden. Dominicos eran Sisto y Ritoro, quienes en 1246 soñaron con levantar una magnífica iglesia sobre aquella trazada por los primeros frailes que arribaron a Florencia en 1200. No fue hasta 1360 que el hermano Jacopo Talenti pudo concluirla, aunque la fachada de mármol que la caracteriza se debe a la solvencia económica del mercader Giovani Rucellai, quien contribuyó con su peculio a culminarla en el año 1458.

Tres naves sostenidas por pilares conforman el interior de cruz latina con un rosetón en la fachada que representa la Coronación de la Virgen; las obras de arte que alberga requieren de varias horas para contemplarlas, mientras se disfruta una atmósfera de paz que prevalece pese a la cantidad de visitantes que deambulan admirados. Capillas y altares resultan magníficos en sí mismos, y los frescos se deben a artistas de la talla de Giambologna, Filipino Lippi y, en el caso de la capilla Tornabuoni, del mismísimo Miguel Angel.

El magnífico Crucifijo, obra de témpera sobre madera de Giotto di Bondone, un revolucionario del arte de su tiempo, fue donada a los frailes dominicos por Ricuccio del fu Puccio del Magnaio bajo una sola condición: mantener siempre una vela encendida delante de la imagen. El Cristo de Giotto abandona las líneas rectas y su anatomía revela una impronta humana que parece sobresalir del madero, bañada por el aura luminosa que ingresa a través de los ventanales góticos que circundan el altar mayor.

La casa de Miguel Ángel

En la esquina donde la Vía Ghibellina se cruza con la Vía Buonarroti se encuentra la residencia que Miguel Ángel adquirió para su sobrino Leonardo, luego decorada por el hijo del último, Miguel Ángel el Joven. El último Buonarroti, llamado Cosimo, falleció en 1858 y cedió los derechos sobre el inmueble a la ciudad de Florencia; allí se erige ahora un museo donde se puede obtener una semblanza de los primeros pasos del artista.

Cada año se organizan exposiciones vinculadas a la vida y obra del genial Miguel Ángel, tanto en el aspecto artístico como en su faceta personal; en ocasión de nuestra visita pudimos acceder a la exposición acerca de su rol durante el asedio de Florencia, ya que había sido puesto al frente de las fortificaciones y defensas debido a su experiencia como arquitecto militar. Allí se exhibían bocetos, anotaciones y planos que lo situaban en un entorno completamente diferente: un testimonio evidente del profundo amor de Miguel Ángel por la república florentina.

Sin perjuicio de la contemplación de dos magníficos relieves de mármol como la Virgen de la Escalera, que data de 1490 y se considera su primera escultura, y la Batalla de los Centauros, concebido inicialmente para la sacristía nueva de San Lorenzo, el museo alberga en su hermosa estructura barroca obras de arte que pertenecieron a la familia, archivo, biblioteca y una amplia colección de dibujos, así como diversos retratos del artista, esculturas, mayólicas y hasta hallazgos arqueológicos exhibidos en sus dos magníficas plantas.

Mercado del Porcellino

Su carácter de copia del original tallado en mármol que data de épocas romanas y se puede apreciar en Gallerie degli Uffizi no logra hacer mella: el Porcellino de bronce que custodia la Loggia del Mercato Nuovo ha desplazado la denominación del sitio emplazado en la Piazza della Reppublica y conserva un notable estado, habida cuenta del año en que fuera esculpido por Pietro Tacca: 1612.

La fuente que contiene a la mascota florentina se encontraba situada frente a la Farmacia del Jabalí, sitio donde se reunían tanto los intelectuales del siglo XVII como los comerciantes textiles, quienes se refrescaban mientras ofrecían sus productos en el lugar. Si bien la seda y los metales preciosos han dejado de constituir el objeto principal de las transacciones y hoy los puestos que se montan a diario ofrecen artesanías típicas de la ciudad, las personas se siguen congregando alrededor del Porcellino, acarician su hocico y arrojan una moneda en su boca para obtener la bendición de la abundancia.

Escondida entre puestos y turistas, en el centro del mercado se encuentra la llamada piedra del escándalo o dell´acculata, cuyo mármol verde y blanco se encuentra gastado por el paso del tiempo y reproduce el tamaño natural de una rueda de carraccio, el carro tradicional de la República de Florencia. Allí eran conducidos en el Renacimiento los deudores insolventes, a quienes se los despojaba de los pantalones y luego eran arrojados con fuerza una y otra vez contra la piedra: a partir de esta época la expresión “con il culo a terra” significa que ha arribado un período de adversidad o mala fortuna.

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