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Dicen que fue el mismísimo Brunelleschi quien proyectó la obra monumental por encargo de Luca Pitti y que el homónimo del banquero florentino, el arquitecto Luca Fancelli, concluyó la parte principal en 1458 que luego fue ampliada por los sucesivos moradores. Lo cierto es que el Palazzo Pitti ostenta su estampa sin pudor porque es el más importante de los palacios florentinos renacentistas en cuanto a tamaño y arquitectura y ello, sin duda, no es poca cosa.

Cosme I contrajo enlace con Leonor de Toledo a fin de afianzar su posición política en Florencia, motivado no sólo por su estirpe noble sino también por la fortuna que aportaba al matrimonio. Cosme tuvo mucha suerte, porque Leonor no sólo era joven y rica sino también tan hermosa como emprendedora y en el año 1549 adquirió el Palazzo Pitti, que a partir de ese momento fue residencia de los Duques de Toscana. Tres siglos más tarde, los reyes de Italia habitarían la mansión en el período en que Florencia fue capital del país.

Actualmente el impresionante edificio es un museo en el que se pueden pasar horas enteras admirando la colección de arte que alberga la Galería Palatina, visitando los aposentos donde tenía lugar la vida familiar y social de sus moradores y disfrutando las exposiciones temporarias; en nuestro caso, las joyas del Gran Duque se encontraban exhibidas al público y tuvimos acceso a la magnífica colección.

La Galería Palatina no es una pinacoteca más, porque contiene obras maestras de los siglos XV al XVIII que se encuentran a la vista en diversas salas, cada una de las cuales responde al nombre latino de los dioses del Olimpo. Así en la Sala de Venus se encuentran cuadros de Rubens y Tiziano como Ulises en la isla de los feacios y Retrato de dama; en la Sala de Marte Virgen con el Niño y Virgen del Rosario de Murillo, en la Sala de Júpiter Virgen de la Silla de Rafael; en una enumeración que comprende las principales escuelas italianas y europeas de la época debida al impulso inicial de Cosme II y a la afición por el arte de Fernando II.

El Palazzo cuenta con un agradable restaurante para instalarse a recobrar fuerzas antes de visitar la Galería de Arte Moderno y contemplar el patio principal, vislumbrando la belleza del trazado del jardín de Bóboli. Nosotros recorrimos el edificio durante medio día y optamos por volver a cruzar el Ponte Vecchio retornando al centro por la vía Tornabuoni, donde los edificios históricos no han perdido su antiguo esplendor.

Jardín de Bóboli

Cosme I encomendó al arquitecto florentino Raffaello el trazado de un jardín sobre el terreno de una antigua cantera, probablemente adquirida a una familia cuyo apellido ha perdurado en la denominación de este magnífico espacio. Si bien se había casado con Leonor para consolidar su posición política y económica, al poco tiempo se enamoró perdidamente de su esposa y quería obsequiarle un espacio acorde con su belleza. El jardín de Bóboli, desplegado sobre la ciudad de Florencia, hoy es Patrimonio de la Humanidad debido al trazado y diseño que concluyó, luego de la muerte de Raffaello, Bartolomeo Ammannati.

El acceso, detrás del patio del Palazzo Pitti, conduce a una avenida principal que desemboca en un prado en el que se emplaza un obelisco egipcio, en el medio del anfiteatro en forma de herradura donde se han llevado a cabo eventos artísticos hasta la actualidad. Estatuas de diferentes estilos y períodos ornamentan la avenida, que culmina en un lago del que surge la magnífica fuente de Neptuno, réplica de la obra de Giambologna del año 1576.

El jardín cuenta con su propio espacio de arte: el Museo de la Porcelana, situado en lo alto de una colina en un edificio del siglo XVII denominado Casino del Cavaliere. Allí se pueden admirar soberbias piezas provenientes tanto de Florencia y Nápoles como de Viena y Alemania; hay objetos que fueron obsequiados por Napoleón a su hermana y también una pequeña colección que perteneció al último descendiente de la casa Médici, fallecido en 1737.

El diseño del espacio y la serenidad que se respira invitan a pasear sin prisa, imaginando los secretos que deben guardar los árboles que bordean los caminos, testigos mudos de tantas historias que se habrán entretejido en sus recodos. Y aún hay más, porque el jardín guarda misterios vinculados a la alquimia como la gruta de Buontalenti, un espacio mágico que parece suspendido en el mundo entre los mundos.

La gruta de Buontalenti

Bernardo Buontalenti fue un prolífico artista toscano, arquitecto, escultor y pintor, discípulo del maestro Giorgio Vasari, a quien Francisco I de Médici encargó el diseño de una construcción en la que se conjugan características extraordinarias y diversas: tres cámaras con paredes decoradas con estalactitas, estalagmitas y estucos de formas humanas y animales que parecen surgir de manera natural entre las paredes rocosas, con una fachada descomunal presidida por las representaciones de la Paz y la Justicia rodeando el escudo de los Médici mientras Adán y Eva custodian la entrada.

Una gruesa piedra adorna el centro de un pedestal en la primera cámara: quizás significa la evolución geológica del planeta, quizás alude a la piedra filosofal de los alquimistas, pero el efecto es tanto más misterioso por cuanto se encuentra rodeada por los pastores y los elementos marinos que emergen de las paredes como si tuvieran vida propia.

En la segunda cámara se atisban dos estatuas de mármol que representan el rapto de Helena de Troya por el príncipe Paris, aunque a juzgar por la sensualidad que se desprende de la obra del escultor Vincenzo Rossi da Fiesole cuesta imaginar que el troyano haya empleado la fuerza que implica el arrebato; al contrario, el conjunto es más que sugerente respecto de la pasión que los une.

Lamentablemente el acceso se encontraba cerrado y no pudimos acceder a la tercera cámara, en la que se encuentra representado el baño de Venus, de Giambologna: una excusa para comenzar a delinear la próxima visita a Florencia, interminable fuente de arte, historia y misterio.

Todas las fotografías resultan mérito exclusivo de Juan.

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