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Bajo la dirección de Santiago Mitre, Ricardo Darín se supera a sí mismo en esta coproducción argentina-franco-española. Y es que en el mundo de la política, sólo accesible de manera formal a través de la ilusión o maya, nada es lo que parece: un complejo conglomerado de traiciones, intimidades ocultas y oscuridades veladas a las que no tenemos acceso los desprevenidos ciudadanos.

Hernán Blanco es el presidente argentino elegido por su empatía con el hombre común, un campechano dirigente del interior del país que llegó a la primera magistratura por esta condición cultivada con esmero. Blanco desciende de inmigrantes, gobernaba una pequeña intendencia, es padre de una hija y abuelo de dos nietos. Su apellido, sinónimo de pureza, fue empleado para completar el perfil más que conveniente que culminó con su arribo al poder.

Blanco ha de enfrentar su primera cumbre latinoamericana de presidentes y no parece sentirse demasiado cómodo ante el desafío: la opinión pública empieza a considerarlo débil y vacilante, el megalómano presidente de Brasil acapara todas las miradas, la alianza petrolera continental que se pone en juego requiere de reuniones estratégicas y votaciones acertadas. Una denuncia por corrupción ha sido impulsada contra el partido gobernante, tanto más preocupante por cuanto proviene del ex marido de su hija y padre de sus nietos.

El entorno paradisíaco de la cordillera de los Andes configura una fotografía fabulosa de la película, rodada en el interior de un magnífico complejo chileno. Allí Darín desplegará sus condiciones actorales innatas, componiendo un personaje que poco tiene que ver con aquel que imagina la opinión pública: Blanco es tan carismático y encantador como cínico e hipócrita y la presencia de su hija en el lugar precipitará situaciones que han de dar cuenta de la verdadera personalidad del presidente, en escenas que juegan de manera acertada con el realismo mágico y generan una atmósfera de suspenso que se resuelve con un final atinado.

La fotografía corresponde a la imagen publicitaria de la película.

Lumbre dorada

Era viernes y había llegado con diez minutos de anticipación a una reunión de trabajo. Para evitar un arribo antes de lo previsto decidí caminar y en la vereda de enfrente se desplegaban, atractivas, las vidrieras de una casa de decoración. La belleza del diseño del pequeño mueble que contenía velas en su interior atrajo inmediatamente mi atención, y sin pensarlo dos veces lo reservé para retirarlo al día siguiente.

La noche de ese mismo día celebramos un significativo aquelarre: Ale había arribado de Estados Unidos luego de unas vacaciones, Adri partía en breve hacia un congreso y luego atravesaría la cordillera de los Andes rumbo a Chile; en mi caso, me disponía  a retornar a Italia para perderme en las calles de Florencia una vez más. No volveríamos a reunirnos hasta que pasaran varias semanas, y el encuentro se extendió un par de horas más allá de la medianoche.

Ale cargó consigo más obsequios de los que sus manos podían contener, entre ellos, un jabón líquido fragante que se encontraba en un recipiente tipo filigrana de delicado diseño. Los objetos tienen significado por sí mismos cuando provienen de manos afectuosas y queridas; finalmente trasladé el mueble y no tuve dudas respecto de la elección del contenido: una vela aromática resguardada por el presente de Ale y el incensario acarreado por Gisella desde Abu Dhabi configuran un dúo perfecto de lumbre dorada para la intimidad de mi hogar.

Futur

Robert Piguet había nacido en Suiza en 1898, en una familia burguesa de acomodada posición. La vocación del joven nada tenía que ver con el mundo financiero de su progenitor: el buen gusto innato y el diseño fueron los pilares que lo precipitaron al universo de la moda parisina durante la tercera y cuarta décadas del siglo XX.

En 1933 fue inaugurada la maison asociada a su nombre, que muy pronto alcanzaría renombre mítico: Christian Dior y Huber de Givenchy fueron aprendices en sus espléndidos salones. Pero Piguet habría de incursionar en la alquimia perfumística junto a la nariz Germaine Cellier, y la fusión de ambos generó primero Bandit en 1944, y luego el icónico Fracas en 1948, tal vez la fragancia más lograda de tuberosa de todos los tiempos debido a su peculiar cremosidad, acentuada por la fusión con la flor de naranjo.

La esencia de Piguet trascendería su deceso en el año 1953. La matriz perfumística propia de los años dorados sigue vigente en el siglo XXI y en el año 2009 Aurélien Guichard reformuló Futur, un potente floral verde basado en el original de los años ´60 que actualmente se abre con bergamota y nerolí, se aquieta con notas de violeta, jazmín e ylang-ylang y descansa en un fondo de vetiver, cedro y patchoulí.

Futur no es una fragancia para recomendar alegremente porque las notas verdes no son tímidas ni sutiles; al contrario, la apertura es tan intensa como un bosque umbrío y seco que no admite contrastes. Quienes sean devotas de perfumes vintage no se sentirán defraudadas por Futur, que ostenta un aire femenino potente e irreductible.

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