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Los traslados que demanda cada periplo que se emprende representan horas que sumergen al viajero en un limbo temporal hasta que se arriba a destino; la predisposición y la paciencia son fundamentales para no amilanarse ante cualquier contratiempo que pueda surgir sobre todo en cuanto a horarios, tan volubles cuando de compañías aéreas se trata.

En estos casos, según mi opinión, el mejor compañero para las esperas es un libro que no sea denso en volumen ni en contenido, ya que es difícil concentrarse en temas demasiado profundos ante el tedio o el sueño. El maestro del Prado, de Javier Sierra, fue mi compañero durante el viaje a Montevideo, demorado seis horas respecto del horario previsto por contingencias varias.

El libro se encuentra narrado en primera persona por el autor, quien recuerda una serie de encuentros con un personaje misterioso en el ámbito sobrecogedor del Museo del Prado. Sierra era por aquel entonces un joven de 19 años deslumbrado por Madrid, por la vida universitaria y por las mujeres bellas; la pinacoteca española le brindaba refugio y distracción y un día, mientras contemplaba La Perla, una de las maravillas que nos legara el artista de Urbino, entabla relación con el enigmático Luis Fovel.

Los encuentros se prolongan en el tiempo y comienza un vínculo en el que Sierra asume el rol de atento discípulo mientras Fovel lo inicia en los secretos ocultos en las pinturas a las que denomina proféticas, cuya autoría se debe a maestros como Rafael, Da Vinci, El Bosco, Tiziano o El Greco. Todos ellos tenían algo para revelar pero las épocas en que vivieron no eran propicias y la Inquisición se encontraba en pleno apogeo: el conocimiento acerca de misterios como el Santo Grial, la naturaleza de los ángeles o ciertas doctrinas eran peligrosos y su transmisión, una herejía.

Desde el punto de vista artístico, la novela ofrece una buena descripción de las obras que cita así como ilustraciones de las mismas, examinando con una mirada crítica los peculiares secretos que se esconden en cada una. Sin embargo, a la historia le falta un desenlace convincente, una coherencia magistral que conglobe tantas citas, detalles y datos; no obstante, resulta una buena opción para aquellos momentos en que alcanza con una lectura ligera. Y, decididamente, renueva la curiosidad por el misterio arcano que encierran algunas de las obras que se encuentran en el maravilloso Museo del Prado.

Sol guaraní

Los conquistadores españoles, encandilados por el brillo refulgente del oro que reproducía la efigie del poderoso dios del sol, cruzaron el océano provistos tanto del metal como de las semillas de Helianthus annuus o girasol. Lejos estaban de imaginar que la planta simbolizaba para los pueblos originarios tanto la rebeldia como la devoción de una indómita princesa guaraní.

Los caciques Pirayú y Mandió habitaban pacíficamente las costas del río Paraná; la amistad entre ambos guerreros posibilitaba una convivencia armónica de sus pueblos. Mandió, convencido de la conveniencia de unir ambas dinastías, ofreció a Pirayú nada menos que a su primogénito para que contrajera matrimonio con la hija del último, la bella princesa Carandá. Pero el progenitor sabía del amor a la libertad de la joven y rehusó amablemente la oferta: Carandá había consagrado su vida al culto solar, era una sacerdotisa del astro al que veneraba desde corta edad.

La ira de Mandió no tardó en estallar y una tarde en la que Carandá se alejó navegando en su canoa para contemplar la puesta del sol, el humo comenzó a esparcirse por la orilla del río. Con un presentimiento funesto la joven retornó remando sin pausa y al descender para contemplar el desastre fue capturada por Mandió, quien le hizo saber que habría de cumplir su rol de esposa o en su defecto sería sacrificada, como su pueblo, entre las llamas.

Lejos de amilanarse por el cautiverio, Carandá elevó en silencio una oración al astro rey: Kuarahy, clamó desde su fuero interno al sol guaraní, no permitas que pierda mi libertad y profanen mi voto. El dios escuchó la plegaria y sus rayos envolvieron el cuerpo de la doncella, que ante la mirada espantada de los captores desapareció brotando en su lugar una planta estilizada que gira, devota, en torno a la luz solar.

El dije fue adquirido por Juan en The National Gallery y pertenece a la serie Los Girasoles.

Confituras de baño

Una bomba de baño es algo más que un producto cosmético caprichoso: es una pequeña burbuja de aceites esenciales que hidrata, relaja y libera el estrés. Después de una jornada densa, no hay mejor descanso para el cuerpo y el alma que sumergirse en una bañera con agua caliente y escuchar el siseo efervescente que preanuncia un merecido momento de placer.

Por lo general se presentan en forma de esferas o pastillas de diversos tamaños y colores y pueden también derretirse como espuma, arcillas aromáticas o sales hidratantes; si bien las empresas que las producen indican que deben emplearse en su totalidad, si el tamaño del producto es considerable se puede cortar con cuidado y reservar el resto para otra u otras oportunidades.

Victoria´s Secret elaboró una edición limitada de pequeñas bombas de baño individuales con formato de confitura y perfumadas con la fragancia Tease, que incluye en su composición vainilla negra, pera y gardenia: una explosión aromática para disfrutar luego de un día de labor intensa.

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