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  El avión de Amaszonas gira en el aire durante un rato hasta obtener autorización para aterrizar en el aeropuerto de Carrasco; no me sorprende, pues arribamos con seis horas de retraso por una pluralidad de causas: el clima, el caos en Aeroparque por los vuelos cancelados al sur debido a las nevadas, la niebla que cubría el cielo de Montevideo que impidió la salida en horario del vuelo a Buenos Aires… durante la espera, consumí buena parte de la lectura de El maestro del Prado y procuré disfrutar de la inminente partida.

Montevideo me recibe con una temperatura inusual y gélida: el viento potente ha ahuyentado a los runners y caminantes que suelen desplazarse a toda hora por la costanera del Río de la Plata. Susana me esperaba al mediodía y finalmente aquí estoy, cansada pero feliz de encontrarme una vez más en esta ciudad que he visitado una y otra vez para encontrarme con mi querida amiga.

Desde el confortable departamento de Susana, en el tradicional barrio de Pocitos, acordamos realizar las actividades que el clima permita, pasear con tranquilidad por la ciudad en la medida de lo posible y disfrutar de la mutua compañía y de las confidencias interminables. Habrá tiempo para visitar a la familia de mi amiga, dar unas vueltas por los distintos rincones, comer en algunos de los lugares característicos y realizar algunas compras. La inclemencia del viento persistente no logra opacar el sol y nos impulsa a almorzar al otro día en algún lugar confortable; la madre de mi amiga, gentilmente, nos invita a instalarnos en el piso 25 del hotel Radisson y desde su restaurante contemplar la fabulosa vista de la ciudad.

Situado frente a la Plaza Independencia, desde la que se desprende la Avenida 18 de Julio, este tradicional edificio ha permanecido vigente debido a sus servicios pensados tanto para el turista como para quienes se encuentran en viaje de negocios, cuenta con un confortable spa y en el restaurante se puede optar por diversos platos. Entre degustaciones y charlas, la mirada se dirige una y otra vez, sin poder evitarlo, hacia los contornos rotundos de la costa bordeada por el río: la nitidez del cielo permite contemplar, a lo lejos, el perfil torneado del cerro que custodia la ciudad.

El Mercado Agrícola

Montevideo se caracteriza por la vida palpitante que transcurre en sus ferias y mercados; en esta ocasión no visitaremos el clásico Mercado del Puerto emplazado en el corazón de la Ciudad Vieja, sino el Mercado Agrícola, en el antiguo barrio de Goes, que desde su inauguración en 1913 dotó a la zona de impronta propia con su perfil parisino.

Cuando el antiguo poblado inició su expansión perdiendo la fisonomía de ciudad-fuerte  para detener el avance de los portugueses tal como había sido fundado, los productos alimenticios comenzaron a comercializarse en espacios abiertos donde llegaban y se reunían productores tanto de la zona como del interior. Hacia 1866 la Plaza de las Carretas, situada entonces en las proximidades del actual Palacio Legislativo, era suficiente, pero el correr de los años determinó la necesidad de establecer un lugar cerrado con normas de salubridad. Así fue que se inauguró el Mercado Agrícola, previa elección del predio entre los donados al Estado por particulares siendo elegido el de propiedad de Carlos Crocker, miembro fundador de la Asociación Rural.

El edificio diseñado por los arquitectos Antonio Vazquez y Silvio Geranio, el último construído en hierro de la ciudad, fue declarado Monumento Histórico en el año 1999. Diez años más tarde, la intendencia inició un proceso de recuperación y puesta en valor que concluyó en 2013, realzando el patrimonio arquitectónico con un polo cultural, ofertas gastronómicas varias, locales de productos frescos y alimentos orgánicos así como artesanías y productos típicos.

Entre las opciones para sentarse a disfrutar de un capricho gastronómico se encuentra Pellicer Parrilla Gourmet, con un asador giratorio cuyo fuego brilla con un envolvente fulgor. El patio de comidas ofrece varias opciones, desde el sabor cubano en Chekere, pastas en Dei Vila o la clásica pizza de El Horno de Juan. En nuestro caso, desayuno tardío mediante, optamos por saborear en El palacio del café una infusión intensa y luego continuar deambulando.

Carrasco

Cuando la población montevideana logró superar el recelo que le causaba la presencia de las aguas que bordean la ciudad, allá por el siglo XIX, las clases dirigentes comenzaron a delinear construcciones con acceso a la playa. El furor por los balnearios en Europa y más tarde la pasión por el bronceado propiciada por Cocó Chanel potenciaron la arquitectura costera, que se radicó hasta principios del siglo XX en el barrio de Pocitos.

Más allá sólo existían médanos, agua y las estancias de los primeros habitantes de Montevideo. La zona tenía potencial y se encontraba lo suficientemente lejos del poblado para evitar el acceso masivo a las aguas, inevitable en Pocitos. La burguesía de la época se inspiró en los balnearios europeos, sus hoteles de lujo y mansiones aledañas. En los terrenos de los herederos de Sebastián Carrasco, uno de los primeros colonos de la zona, Alfredo Arocena trazó los contornos de un barrio-jardín con acceso a la playa y encargó el proyecto al paisajista francés Carlos Thays.

Corría el año 1912 y la Primera Guerra Mundial habría de interrumpir las pretensiones de exclusividad de las clases altas. Pero la culminación de la contienda permitió que los médanos fueran domados, los árboles cubrieran calles y jardines y los emprendimientos como el hotel Casino Carrasco dominaran con su aire señorial el paisaje de Montevideo hasta la fecha. Inaugurado finalmente en el año 1921, de arquitectura francesa con reminiscencias clásicas y estatuas de mármol de Carrara de los jardines, fue símbolo y corazón de Carrasco y motor activo de su crecimiento.

Los visitantes, en tiempos en que los viajes estaban reservados a millonarios y aventureros, eran tan eclécticos como el piloto alemán del escuadrón del Barón Rojo que enseñaba natación en la playa o el embajador inglés en Uruguay, Eugen Millington Drake. En sus mesas de ruleta se perdieron fortunas frente a las aguas azules características del paisaje, bordeado por la rambla de Montevideo.

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