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Luis Fernando Martial era francés y llegó a Ushuaia en 1883 desde Francia, para explorar la zona con perspectiva científica. El glaciar Martial rememora con su nombre al jefe de esta expedición, se encuentra a pocos kilómetros de la ciudad a la que abastece de agua potable y proporciona un panorama inolvidable desde sus más de 1.000 metros de altura. Se pueden realizar circuitos de trekking siempre que el hielo y la nieve no bloqueen algunos de los caminos más altos; nuestra intención, en esta oportunidad, no era deportiva sino gastronómica.

Al pie del glaciar se encuentra la villa de montaña llamada Cumbres del Martial, un complejo de doce cabañas emplazado en el medio del bosque desde el que se aprecia una vista increíble del canal de Beagle. Un sendero que parece de cuento, entre árboles cuyos troncos se encuentran vestidos de colores, conduce a otra cabaña ambientada como una casa, con sillones cómodos y mesas con manteles: la casa de té del Martial era nuestro destino final esa tarde, luego de instalarnos nuevamente en la ciudad de Ushuaia bastante pasado el mediodía.

María Salduna arribó a la ciudad del fin del mundo en el año 1983 para trabajar un año como maestra jardinera; con el tiempo fundó una familia y desarrolló el emprendimiento inaugurado como una casa de té que abría sólo los fines de semana, donde María elaboraba las tortas cuyo sabor fue ganando el paladar de fueguinos y turistas hasta convertirse en un clásico. Con el tiempo comenzó el servicio de restaurante donde se pueden degustar especialidades de la cocina patagónica y se inauguró un espacio donde adquirir para llevar tanto variedades de té como objetos de decoración y recuerdos.

Luego del almuerzo que en mi caso se redujo a una sopa de calabaza a efectos de probar alguna de las especialidades dulces que tentaban a los comensales desde las vitrinas, compartimos un exquisito crumble de frutos rojos mientras planificábamos los futuros lugares a recorrer en los días siguientes hasta nuestro regreso. Mientras nos retirábamos, arribaban sin tregua nuevos comensales para disfrutar del entorno privilegiado en el que se inserta la acogedora calidez de la Cabaña del Martial.

Navagando el canal de Beagle

Denominado canal Onashaga en lengua yagán, que significa “canal de los Onas”, como lo llamaron estos antiguos ancestros canoeros, actualmente recuerda con su nombre al barco británico HMS Beagle, que se encontraba realizando estudios científicos en estas costas remotas durante el año 1830. Su comandante Robert Fitz Roy envió en expedición de reconocimiento al teniente Murray, quien descubrió un paso estrecho cuya desembocadura culminaba en este canal, bautizado así en homenaje a la nave al mando de Fitz Roy.

Los catamaranes que parten desde el puerto de Ushuaia para navegar por las aguas azul cobalto que contrastan de manera sobrenatural con los picos nevados, realizan diversos viajes y avistajes según la época del año. En mayo sólo es factible realizar un circuito, así que a las 15.30 horas embarcamos en el Elisabetta I con la expectación que produce encontrarse surcando aguas a menos de 1.000 kilómetros de Antártida.

Desde la bahía se avista el perfil de la ciudad enmarcada por los montes Cinco Hermanos y Olivia; a medida que nos vamos alejando se habilita la salida a cubierta para contemplar la Isla de los Pájaros que se va delineando en el horizonte mientras el barco se acerca disminuyendo la velocidad: los cormoranes imperiales se desplazan indiferentes a las cámaras fotográficas de los visitantes, admirados por el despliegue de los únicos soberanos del lugar.

En la Isla de los Lobos hay leones marinos de tamaño considerable que hacen oir su voz mientras descansan bajo el cielo nublado; los cachorros han nacido a fin de año y algunos de ellos se aventuran en las aguas mientras otros se desplazan graciosamente entre las piedras buscando el calor de las hembras. El frío no impide continuar en cubierta cuando se reanuda el viaje, para procurar abarcar con la mirada sin éxito el maravilloso paisaje fueguino.

Thomas Bridges fue el primer europeo que habitó el canal de Beagle y la isla en la que desembarcamos para hacer una caminata se denomina Bridges en honor a su apellido. La temperatura es baja pero no hay demasiado viento; durante el recorrido por el sendero asoma un sol tibio que dota de un marco luminoso al paisaje. Las prevenciones son claras y específicas: no apartarse de la ruta trazada, no tocar la vegetación ni levantar siquiera un trozo pequeño de roca para preservar el patrimonio inconmensurable del lugar. El aire es tan limpio que procuro llenar los pulmones en toda su extensión para aprovechar al máximo los beneficios de esta pureza inusual.

Alicia era una de las hijas del reverendo Bridges, cuyo nombre se inmortaliza en la próxima isla donde una colonia de lobos marinos nos recibe con sus bramidos; en esta ocasión varios de ellos de corta edad se desplazan en las aguas mientras sus hermanos pequeños están agrupados unos junto a otros, como si posaran para las fotos. A medida que el catamarán ingresa en la profundidad del canal el frío se intensifica, pero nos dirigimos a cubierta aunque el viento arranque lágrimas de los ojos para contemplar a lo lejos la silueta del faro Les Éclaireurs.

El faro Les Éclaireurs

Las franjas rojas y blancas de la torre de 11 metros de alto se van haciendo más visibles a medida que el catamarán se acerca a esta torre erigida en uno de los promontorios del canal. Ha sido a veces confundido con la construcción que inspiró a Julio Verne la historia de aquel “faro del fin del mundo”; sin embargo, dicha torre se encontraba emplazada en la Isla de los Estados y fue el faro San Juan de Salvamento, cuyos restos se encuentran en el museo Marítimo y del Presidio de la isla.

Se torna difícil transmitir la sensación de encontrarse frente a esta construcción emblemática en forma personal, mientras el sonido que procuro captar es el de las olas golpeando contra el catamarán junto con el gorjeo de los pájaros que se desplazan por el cielo. Los tres metros de diámetro del faro se amplifican en la naturaleza: en soledad, su silueta se destaca inmóvil e indiferente a las contingencias climáticas que lo rodean.

El faro Les Éclaireurs (los exploradores, en lengua francesa) es como un gigante que vigila la bahía de Ushuaia, pero en realidad implica la frontera entre la civilización y los mares e hielos vírgenes. No se encuentra habitado y el pequeño islote en el que se emplaza lo eleva 22 metros sobre el nivel del mar, cuenta con una garita y la energía se obtiene de paneles solares; los cormoranes, ajenos a todo, sobrevuelan en una danza blanca los confines del canal.

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