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A nuestra condición humana, que implica una fecha de vencimiento desconocida a la que no podemos sustraernos, le resulta por lo menos compleja la idea de la muerte; de ahí que la filosofía, la ciencia y la metafísica hayan procurado brindar respuesta satisfactoria a la pregunta que se nos presenta, insondable en el mejor de los casos, temida y repudiada en general.

A sabiendas del desvelo que ha provocado el concepto de la muerte a lo largo de la historia José Saramago plantea una hipótesis inverosímil al respecto en Las intermitencias de la muerte, cuando en un país desconocido se asiste a la inconcebible situación nunca imaginada: que un día ya no muera nadie. Claro que ello no implica una mejora en la calidad de vida o la conquista de la eterna juventud sino una desconcertante realidad para la cual no se encuentran preparados ni los poderes públicos, ni las religiones convencionales, ni, mucho menos, los simples ciudadanos de a pie que no dudarán en contratar los servicios de la maphia para trasladar a la frontera a aquellos moribundos que han visto coartado su paso al otro mundo.

Porque lejos de considerarse una bendición, el cese de los servicios de la muerte se convierte en un caos: es sabido que los nacimientos precisan de los decesos para mantener en equilibrio la población, que un país sin este reciclajes resulta inviable y que para las religiones tradicionales la muerte es indispensable para perturbar a los vivos y ofrecerles un camino de salvación. Por si fuera poco, asoman futuros conflictos diplomáticos al atestarse los países vecinos de cadáveres, nada más cruzar los límites territoriales.

Pero un día la muerte, una mujer bellísima de poco menos de 40 años, decide volver a ejercer su influencia sobre este país y anuncia que su intención fue enseñarle al género humano que su presencia es necesaria y que, de ahora en adelante, enviará una carta en un sobre de color violeta con una semana de antelación al futuro occiso. De esta manera, cada persona podrá disponer de unos días de gracia para poner en orden sus asuntos antes de la partida definitiva; lejos de apaciguar los ánimos, se replica el estado de caos debido a la desesperación de aquellos que reciben la notificación y de la masiva inseguridad colectiva que desata el anuncio.

Pero hasta la muerte puede ver coartados sus planes, porque entre los habitantes de este país hay un violonchelista que, en las sucesivas oportunidades en que le remite la esquela, por alguna razón no llega al destinatario. De esta manera, mujer al fin, la muerte planea seducirlo atraída por el esquivo y solitario personaje, con un resultado impredecible: se enamora del músico y olvida su misión durante un tiempo.

Las intermitencias de la muerte, pese a algún aspecto tedioso en cuanto a su estructura narrativa en mi opinión, nos sumerge en una reflexión profunda acerca de nuestra necesaria finitud y del amor como transmutación del fin en principio: el ciclo, mal que nos pese, constituye la razón de ser de la condición humana.

Tarde mágica en el bosque

Un sábado de una tarde casi otoñal, una invitación afectuosa y cinco mujeres dispuestas a conversar acerca de la vida y el mundo entre los mundos, fueron las pautas de la sincronicidad que marcaron nuestra última reunión en el Bosque Peralta Ramos, con el entorno misterioso de una casa de té tan tradicional como mágica.

Porque en la Cabaña del Bosque se olvidan los teléfonos celulares y las urgencias, la contaminación citadina y el ritmo frenético y allí todo es calma y serenidad: el oxígeno proveniente de los árboles que la circundan, la piedra y la madera que la aíslan de cualquier sonido salvo del canto de las aves que anidan en la arboleda profusa y la conversación sin estridencia de los comensales… unas horas en su interior bastan para vibrar en otra sintonía y agasajar el espíritu.

Nosotras pasamos cuatro horas degustando tartas y café con leche, admirando la vajilla y despertando el paladar con alguna variedad de té, mientras la conversación se bifurcaba por los aspectos más íntimos de nuestro interior. Durante el regreso no pudimos evitar el bostezo que surgía sin pausa: la oxigenación, la calma y la tarde en compañia amable habían surtido su efecto en nuestras almas.

Testeos revitalizantes

Todo ciclo llega a su fin, como lo señala la rueda del Destino. Una vez más el estío se prepara para partir de este hemisferio austral hasta nuevo aviso; a las personas nos queda reparar de alguna manera los excesos en los que hemos incurrido, en caso de devoción por el aire marino y la luz solar.

La Pasionaria es una empresa tan argentina como el mate, esa infusión elaborada con la yerba de los jesuitas o Ilex paraguariensis que nuclea a su alrededor familia, amigos y compañeros de trabajo, o resulta compañera fiel de los momentos en que la soledad se impone.

La Pasionaria elabora productos cosméticos de calidad con ingredientes nobles como este jabón que incluye yerba mate en su composición: antioxidante y revitalizante, constituye un soplo de vitalidad en el baño cotidiano.

Para reparar los efectos devastadores del agua salada, Lierac cuenta con el gel crema Masque Éclat, un fluido tornasolado que brinda inmediata tersura y sensación de bienestar a la piel del rostro: hidratada y luminosa, resplandece aún en aquellas zonas más sensibles como el más que delicado contorno de ojos.

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