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abbey “¿A Glastonbury?¿Saben que no es la fecha del festival?” La tradicional discreción inglesa fue vencida por la curiosidad de la amable dama que nos atendió en el punto de información turística de Londres ante nuestra pregunta para llegar al pueblo. “¿Son peregrinos?” continuó ante nuestra respuesta positiva. Juan le respondió algo acerca de Arturo y Ginebra y la señora sonrió y nos explicó gentilmente el trayecto a seguir.

Un tren desde Paddington Station nos depositó algo más de una hora más tarde en Castle Cary, aunque en realidad descendimos en una estación en medio de la campiña inglesa donde el mismo señor que se ocupaba de abrir la puerta de cada vagón y vender los pasajes respondió nuestras preguntas respecto del futuro destino: tomen un taxi, el autobús se marchó hace diez minutos y el próximo tardará una hora. Así llegamos al hotel The Who´d A Thought It situado en el centro de Glastonbury, un confortable edificio atendido por sus dueños que también se ocupan de la taberna inglesa donde preparan suculentas comidas y calóricos desayunos, estos últimos sólo para los huéspedes.

En nuestra primera caminata por el pueblo descubrimos que la magia y el esoterismo constituyen parte de la vida de Glastonbury, tal como el festival. Se respira un aire diferente y misterioso tanto en los comercios atiborrados de libros, velas, hadas, brujas, duendes, piedras y todo objeto que se pueda imaginar, así como en la cantidad de talleres, jornadas, cursos y retiros en una proporción desmesurada para la cantidad de habitantes. Porque en Glastonbury confluyen desde peregrinos cristianos hasta devotos de la Diosa o seguidores del Buda Maitreya; por las calles se pueden observar atuendos particulares como babuchas, sombreros de todo tipo, bindis en la frente de algunas mujeres y niños pequeños trasladados sobre las espaldas de sus madres en una especie de malla tejida, entre otras vestimentas.

Coincidimos con Juan respecto de la similitud con los visitantes y lugareños heterogéneos de Capilla del Monte, localidad argentina con la misma impronta; luego de esta primera impresión nos dirigimos hacia la abadía, una de las iglesias más antiguas del mundo en la que un amable fraile benedictino conduce la visita guiada por los restos de la antigua construcción, que se yerguen aún entre los prados verdes que la circundan. Antes de salir de la recepción nos llamó la atención un grupo de mujeres que, entre bromas y risas, hilaban lana en sus respectivas ruecas como si se encontraran en la Edad Media.

José de Arimatea y María Magdalena habrían llegado a Glastonbury en el año 63; el primero portaba el cáliz con la sangre de Cristo producto de la herida infligida por la lanza del centurión Longinus, el Santo Grial que congregara a su alrededor la Orden de la Tabla Redonda presidida por el rey Arturo. Aquí José habría clavado su cayado en la tierra y un espino creció naturalmente, entonces tuvo la certeza de que era el lugar indicado para establecerse y enterrar la copa sagrada.

La abadía tiene origen sajón y se remonta al siglo VII, pero un incendio afectó gran parte del edificio original y fue reconstruida en el siglo XII, cuando la iglesia católica ejercía gran influencia sobre Gran Bretaña; en el año 1191, los monjes benedictinos habrían descubierto las tumbas de Arturo y Ginebra, sitio que puede observarse en la visita. Luego la tumba de Arturo fue trasladada al interior del templo principal y se erigió un mausoleo de mármol, removido por la Disolución de 1539  (supresión de monasterios ingleses originada en el reinado de Enrique VIII).

Aún se puede observar parte de la capilla de la Virgen y la antigua capilla de Edgardo, donde eran enterrados los reyes sajones. El edificio donde se encontraba la cocina se encuentra intacto: su techo enorme posee dos torres que se superponen para evacuar el humo que generaba la cocción. La visita a la abadía de Glastonbury constituye un viaje al pasado y entrelaza acontecimientos trascendentes de la historia, en un sitio actualmente tan apacible como encantador.

El Pozo del Cáliz

wellLa mañana siguiente amaneció soleada y diáfana, así que después de limitar, en mi caso, la cantidad de comida que el desayuno ofrecía, emprendimos la marcha para visitar el museo de Glastonbury, que funciona en el primer piso de la casa que es también oficina de turismo y Tribunal, y cuenta con glorieta y un encantador jardín. Todo indica que el pueblo fue en algún momento un enclave rodeado de agua, de rudos habitantes que utilizaban barcos tallados en árboles duros como el roble, uno de los cuales se encuentra exhibido en esta finca.

Después nos dirigimos a la iglesia de Santa Margarita, una capilla pequeña que se encuentra adosada al jardín de María Magdalena, presente también en la iglesia de Nuestra Señora de Glastonbury ubicada una calle antes. El jardín es un hermoso sitio para detenerse, respirar aire puro y, en mi caso, meditar unos minutos acerca del rol tradicional que la iglesia católica le asignó a la Magdalena y, al contrario, la condición que las iglesias ortodoxas orientales y los Evangelios Apócrifos le reconocen como apóstol y compañera de Jesús.

Continuamos caminando rumbo a la mítica colina de Tor, pero antes nos detuvimos en una pequeña calle que nos condujo al Pozo del Cáliz, un maravilloso santuario originado en una fuente que se encuentra tapada para preservar su pureza y sube por un pozo de piedra, que probablemente se remonta a siete siglos, al momento de su construcción se encontraba tres metros sobre la superficie y se fue cubriendo con desprendimientos de las colinas de Chalice y Tor.

Junto al Pozo hay una cámara de forma pentagonal cuyo origen es incierto, pero las proporciones se asemejan a unidades empleadas en el Antiguo Egipto; la tapa es de roble y se encuentra tallada con el símbolo de la Vesica Piscis, atravesado por una lanza que evoca la que hirió a Jesús. El diseño se basa en simbología medieval y fue donado por Frederick Bligh Bond, arqueólogo de profesión que residió varios años en la abadía de Glastonbury y era un profundo conocedor de la llamada geometría sagrada.

El nombre tanto de la fuente como de la colina cercana aluden nuevamente al cáliz que habría trasladado José de Arimatea, epicentro de la leyenda arturiana como la isla de Avalon, la tierra donde el rey descansa hasta que llegue el momento de su regreso bajo la atenta vigilancia de la Señora del Lago. El Pozo del Cáliz representa el elixir que da vida a la Madre Tierra, una comunión profunda con la vida espiritual de la que el Grial es fuente y esencia.

Las aguas resultan curativas por su pureza; hay una pequeña pileta donde sumergir los pies siempre que se tolere la baja temperatura a la que se encuentra, y se puede beber de la llamada fuente del león situada en otro espacio del jardín; de hecho se recomienda llevar algunas botellas pequeñas para cargar y contar con este regalo de la naturaleza. El lugar es indescriptible por la energía sanadora que despliega y reina un silencio respetuoso debido a todas las personas que se encuentran meditando u orando en alguna parte de los hermosos jardines, en los que se experimenta una notable sensación de paz.

Tor

torDespués de la energía revitalizadora del Pozo del Cáliz continuamos nuestro camino colina arriba para subir los escalones que conducen a Tor, vocablo de origen celta que significa colina cónica, pero para los antiguos habitantes de Britania era Inys yr Afalon, la isla mágica donde descansa el rey Arturo. Los celtas la llamabam Ynis Gutrin o isla de cristal, quizás por el espejo de agua que la rodeaba por completo.

En el siglo V había en Tor una fortaleza medieval desde la que se dominaba todo el valle, y de hecho la vista se extiende en todas direcciones una vez que se alcanza la cima. Pero los antiguos no estaban interesados seguramente en la belleza de la campiña sino en el control del territorio, así que luego fue ocupada por los católicos que emplazaron la iglesia medieval de San Miguel, destruída por un terremoto en el año 1275.

La poderosa iglesia de Roma no cesó en su empeño y una nueva construcción reemplazó en 1360 a la que fuera destruída, hasta el momento de la disolución de los monasterios en 1539 cuando el abad de Glastonbury fue colgado y descuartizado junto con dos de sus monjes en este sitio emblemático. La torre de San Miguel que subsistió es hoy un edificio protegido y recibe a diario la visita de personas de todas partes del mundo atraídas por el misterio que rodea a Tor, insondable a través de los siglos.

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