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Palacio BaroloEn el año 1919, un próspero comerciante italiano afincado en Buenos Aires encargó al arquitecto Mario Palanti la construcción de un edificio que finalizó cuatro años después: Luis Barolo había logrado su propio palacio, cuyo peculiar estilo causaría estupor entre los habitantes de Buenos Aires. Parece que tanto el empresario como el arquitecto rendían tributo a alguna logia masónica, en la que revestían el carácter de iniciados.

Porque el Palacio Barolo no era único sólo por su altura o por el diseño arquitectónico, sino porque estaba inspirado nada menos que La Divina Comedia, el libro de Dante Alighieri que constituye una de las obras maestras de la literatura universal. Con una altura de 90 metros hasta la cúpula, los últimos 10 metros corresponden al faro giratorio que podía ser visto desde Uruguay; 22 pisos y 11 oficinas en cada uno dan como resultado 33, tal el número de cantos que componen el libro de Dante y el último grado al que puede aspirar un masón.

Las plantas del edificio fueron construídas inspiradas en el infierno, el purgatorio y el cielo. En el centro de la planta baja la escultura de un cóndor que transporta el cuerpo de Dante resguarda una urna en la que Barolo soñaba con guardar las cenizas del escritor, y las citas en latín destacan aquellos aspectos de la naturaleza humana vinculados al viaje del alma por los tres estadios. Las lámparas con las que se alumbran las bóvedas transversales representan cóndores y dragones tanto macho como hembra que simbolizan los principios alquímicos, mientras que en los recodos se emplazan serpientes.

Las visitas guiadas por este fantástico edificio deben pautarse con antelación y, sin lugar a dudas, conviene reservar la prevista en horario nocturno ya que no sólo es más extensa sino que permite una maravillosa vista de Buenos Aires desde los 90 metros de altura, así como subir al faro, observar la bóveda estrellada y cerrar los ojos por el brillo de las bujías que se encienden ante los visitantes. Una vez pisada nuevamente tierra firme después de descender por las escaleras tanto más estrechas cuanto más alto se arriba, para disfrutar de un brindis y tomarse fotografías con un actor que, a la manera de Dante, se pasea entre los visitantes mientras recita la Divina Comedia.

Qui fecit opus-ut est-ut ipse mallet novit: Quien hizo la obra la conoce tal como es, así como él la preferiría. El arquitecto Palanti fue explícito con una de las frases elegidas: sólo el autor conoce su creación, el resto de los mortales debemos resignarnos a imaginar su significado. El Palacio Barolo es un edificio magnífico pleno de simbología y constituye una visita obligada para los amantes de los misterios; si bien no resulta un recorrido sencillo para quienes padecen algún tipo de claustrofobia o resisten trajinar por escaleras, vale la pena realizar el esfuerzo.

El Ateneo Grand Splendid

El AteneoUbicado en la tradicional Avenida Santa Fe, el edificio del que fuera el teatro Grand Splendid es hoy, según el periódico inglés The Guardian, la segunda librería del mundo en cuanto a la belleza de su diseño. Su origen se remonta al año 1917, cuando el empresario austríaco Mordechal Glücksman emprendió la construcción de un nuevo teatro sobre el antiguo Teatro Nacional Norte, al que inauguró como Grand Splendid.

La sala podía albergar a 500 personas, contaba con cuatro hileras de palcos y una cúpula en la que aún se puede admirar la obra de Nazareno Orlandi. Allí los conciertos, ballets y óperas alternaban con la proyección de películas, entre ellas las primeras sonoras que pudieron observar los habitantes de Buenos Aires. La cúpula, de una belleza serena, representa a la paz alcanzada luego del fin de la Primera Guerra Mundial en la figura de una mujer rodeada de flores, ángeles y ninfas que dejan atrás los días oscuros. En el lado opuesto, otra fémina sostiene un proyector de cine envuelto en una cinta que también alude al nuevo período de armonía entre las naciones.

La editorial El Ateneo encuentra sus orígenes en el año 1912 y resulta propietaria de la librería homónima y de Yenny, tradicionales locales de cita obligada para los lectores del país. Desde el año 2000 el antiguo teatro fue restaurado y adaptado como librería sin perder un ápice de su característico esplendor. Los cortinados, los palcos y el escenario se encuentran intactos y es posible sentarse a degustar un café en el mismo sitio donde tantos artistas desplegaron su talento con algún ejemplar en la mano, o simplemente contemplar alguna de las exposiciones en el piso más alto, cerca de la cúpula pintada al óleo que corona la belleza del espacio.

Muestra Vibraciones en el Centro Cultural Borges

MuestraEduardo Fisicaro es fotógrafo y se ha especializado en retratar personajes del arte y la cultura, esas personalidades que han calado hondo en el sentir del público a partir de su esencia. Los artistas latinoamericanos fueron captados por la lente de Fisicaro han sido elegidos por ángel y talento, combinación que marca la sutil diferencia entre la mera técnica y el genio creador.

Eduardo Galeano, Juan Gelman, Eleonora Cassano, Víctor Heredia, Jairo, son sólo algunos ejemplos de las figuras inmortalizadas por la cámara de Fisicaro. El escritor y poeta Pedro Patzer ha captado las vibraciones que transmite cada fotografía, y la frase que la acompaña sintetiza la impresión que el alma del artista y la habilidad del fotógrafo producen en el público.

El Centro Cultural Borges fue el espacio donde se llevó a cabo la muestra Vibraciones que concluyó el pasado 10 de julio. Como ejemplo, la imagen de Juan Saavedra refleja la expresividad de El bailarín de los montes, quien en la mirada de Patzer resulta “Tierra que danza”.

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