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Nazar boncukHabía sido una densa reunión laboral que comenzó temprano el último 30 de diciembre, fecha en la que no tienen cabida demasiadas modificaciones ni nuevas pautas. Tres horas más tarde, con la energía en baja y la necesidad de insuflar algún estimulante a nuestros cerebros adormilados, con Andrea y Guillermo decidimos sentarnos a tomar el último café del año antes de retornar a nuestras respectivas oficinas; mientras esperábamos apareció la mujer, ofreciendo talismanes entre las mesas del confortable bar con una sonrisa amplia que iluminaba sus ojos claros.

La mayoría de los comensales se negaba, a veces sin demasiada amabilidad, a adquirir alguno de los objetos que llevaba entre sus manos. En los tréboles de cuatro hojas destellaban los ojos turcos, esos amuletos que había visto una y otra vez en las antiguas tierras otomanas, desde Estambul a Capadocia: nazar boncuk le llaman en aquellos inolvidables lugares al abalorio empleado para conjurar el temido mal de ojo.

El dicho popular señala que no hay que creer en brujas, pero que las hay, las hay: una manera elíptica de reconocer que existen más cosas que las que se perciben a simple vista. El mal de ojo es una de ellas, esa energía negativa que penetra en nuestros desprevenidos cuerpos físicos y genera dolor de cabeza intenso, sensación de miedo sin causa aparente y trastornos del sueño, entre otros síntomas desagradables. Los antiguos adoptaron entonces amuletos contra el mal de ojo, a fin de repeler cualquier manifestación energética negativa tanto en sus cuerpos como en sus hogares.

Para los turcos la energía se proyecta a través de la mirada, de ahí que el nazar boncuk obre como protector al repeler con su color azul, asociado al cielo y al elemento agua, toda connotación negativa proveniente de una mirada ajena. La tradición es antiquísima y se remonta a Sumeria, Babilonia y Egipto, donde fueron descubiertas en los sepulcros reales ágatas de color azul para proteger al transeúnte en su paso hacia el otro mundo: tablas de arcilla del siglo III A.C. ya daban cuenta del mal de ojo y de sus molestos efectos.

Si bien mi hogar cuenta con su nazar boncuk desde nuestro retorno de Turquía, lo que abunda no daña y elegí un trébol de cuatro hojas entre los que portaba la risueña señora, quien agradeció una y otra vez la adquisición y antes de irse estampó un beso en mi mejilla mientras me colmaba de bendiciones: como corolario, cuando nos fuímos del bar la ominosa sensación de pesadumbre se había esfumado.

Amor y danza

Let it BeSe ha estrenado en la ciudad a sala llena el espectáculo musical que une el carisma de Hernán Piquín con la obra musical de The Beatles. Let it be…una historia de amor es al mismo tiempo un tributo al inolvidable cuarteto de Liverpool y una muestra del talento y versatilidad del protagonista, acompañado en esta oportunidad por la gracia de Cecilia Figaredo.

Con doce bailarines en escena y una coreografía tan emotiva como ágil, 29 son las canciones que enmarcan esta historia de amor que no concluye de manera feliz. Let it be… comienza con la música de Woman mientras un anciano camina con un ramo de rosas en la mano ayudado por un bastón, entre las tumbas de un cementerio. A partir de esta escena la obra transcurre sin perder efectividad ni atractivo sostenida por la sólida trayectoria de Piquín y Figaredo, con cuadros musicales muy bien logrados por los bailarines que los secundan, tan expresivos como sus cuerpos al transmitir sentimientos valiéndose sólo de la gestualidad.

Hernán Piquín no se equivocó al fusionar una historia de amor que emula la tragedia shakesperiana con la música de The Beatles y la poderosa fuerza de la danza. La originalidad de la propuesta y el talento de los bailarines dan como resultado un espectáculo que resulta breve pese a su duración, al que el público aplaude a rabiar en varias oportunidades. Su objetivo, expresado sin tapujos, era emocionar a la gente y contar una historia que podría haber sido vivida por cualquier persona: sin lugar a dudas, lo logra con creces.

Daisy Dream

Daisy DreamEra una jornada que parecía no tener fin. No sólo porque confluían dos eventos sucesivos en un día laboral que había comenzado antes de las 7 de la mañana, sino porque de ambos quería participar habida cuenta del afecto con que se habían organizado. Sendas reuniones de fin de año de los grupos de yoga y de pilates casi simultáneas, que obligaban a hacer equilibrio por ausencia del don de la ubicuidad múltiple, propio de los seres angélicos.

Y por la tarde, antes del ansiado retorno al hogar, había sido invitada a la celebración navideña de la perfumería Juleriaque, que apenas un mes antes había inaugurado en la ciudad. Brindis, canapés, oportunidades para regalar y regalarse, música… ante la amable convocatoria cumplí con el consabido acto de presencia y, entre saludos y felicitaciones, fui beneficiada con un cupón para los sorteos que se llevarían a cabo puntualmente cada hora de ese día.

Aunque no me sobraba el tiempo seguí el dictado de la intuición y permanecí en el centro comercial; la hora pasó rápido y cuando dieron las 18, las bolsas conteniendo los primeros obsequios a sortear se amontonaron sobre una mesa. Antes de concluir esta primera ronda el hada interna había acertado una vez más y mi nombre fue leído entre las favorecidas por la fortuna.

Entonces abrí la bolsa que portaba un enorme moño navideño y emergió la caja de One Million, el perfume de Paco Rabanne que pasaría a las manos agradecidas de mi hijo, en tanto que se sucedían uno tras otro los pequeños frascos de Daisy Dream, la versión veraniega del clásico de Marc Jacobs con notas frutales de pomelo y zarzamora, corazón de jazmín y fondo de coco almizclado, que por arte de magia perfumó mi piel durante una temporada.

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