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Escrito en las estrelllasEl determinismo es una posición filosófica según la cual todos los acontecimientos están predeterminados, aún el pensamiento y las acciones humanas. Así, no existen sucesos librados al azar, sino que se encuentran signados por la cadena de causalidad que los entrelaza hasta arribar a un resultado que no contempla la posibilidad de álea alguna.

En la tensión entre opuestos que acostumbramos concebir los humanos, el libre albedrío postula que la elección del sujeto no se encuentra condicionada por factores externos o precedentes, sino que resulta de la manifestación exclusiva de su voluntad. Según se opte por una u otra posición doctrinaria, las conclusiones serán evidentemente distintas en cuanto a desarrollo, posibilidades e implicancias.

La superación del par de opuestos en tanto extremos de un mismo fenómeno ha llevado a procurar sintetizar posiciones aparentemente antagónicas, a fin de evitar la molicie a la que somos propensos en desmedro de nuestra propia evolución: ni predeterminación rígida que justifique la ausencia de trabajo personal, ni ilusorias soberbias que nos inducen a considerarnos todopoderosos y, en consecuencia, exentos de responsabilidad.

Hay maestros que con generosidad una y otra vez han realizado esfuerzos para que vislumbremos el sendero, en tanto prisioneros de un destino del que no podemos escapar, del que a su vez determinismo y libre albedrío resultan dos vías a elegir en tanto maneras de llevar a cabo la misión. Algo de eso nos enseñó Borges en sus poemas, valga como ejemplo un fragmento de Prólogo al I Ching: “…El camino es fatal como la flecha/ pero en las grietas está Dios, que acecha”.

Vislumbramos destellos al respecto en algunos momentos de relativa iluminación, en los que sentimos que debemos dirigirnos hacia algo que nos atrae sin que medie razón alguna. Creo que ese es el sentido de la última frase elegida para cumplir con el desafío que me propusiera Antonio en su blog Velehay: lo que tenga que ser, está escrito en las estrellas.

Gobelinos
GobelinosEn el año 1447 Jean Gobelin se instaló a orillas del río Bièvre, donde fundó un taller de tintes de lana que destacaban por la intensidad del tono rojo escarlata. La fama del tintorero fue tal que la zona adquirió su nombre durante el curso del siglo XVI.

La llamada “aldea de los gobelinos” fue fundada en el mismo lugar geográfico que habitara Gobelin y allí se instalaron los tapiceros flamencos, por orden del rey Enrique IV. Pero fue Jean-Baptiste Colbert quien en 1668, bajo las órdenes de Luis XIV, fundó la Manufacture Royal des Gobelins, encomendando al pintor real Charles Le Brun la dirección y diseño que dieron origen a la artesanía de los tapices llamados gobelinos, que muy pronto cobraron notoriedad tanto por su belleza como por contribuir con la calidez del tejido a brindar calor a los muros helados de piedra de aquellos enormes palacios.

El entramado del gobelino, que puede ser tanto de lana como de hilos de seda, fue empleado con el transcurso del tiempo por los diseñadores para la confección de abrigos invernales, tal como el terciopelo y el brocato, o en accesorios como bolsos para brindar un toque de color a los reducidos días fríos. Tartanes, matelaseados y gobelinos remiten a la opulencia de las antiguas cortes y constituyen una opción tan abrigada como original para incorporar al guardarropas.

Bomba Bananarama

Míes BananaramaTentada por el efecto relajante sobre cuerpo y mente de la bomba Amaretto ya reseñada, recurrí nuevamente a Míes a fin de experimentar el placer recurrente de un baño perfumado.

La banana es una falsa baya de forma alargada que crece en racimos, cuyo nombre científico es Musa Paradisíaca y sus apelativos comunes plátano, banana, topocho, entre otros. Es la fruta de origen tropical más consumida en el mundo por su sabor rico y carnoso, sus propiedades nutritivas y su aptitud para prepar tanto platos salados y dulces como  licuados sumamente alimenticios con leche o agua.

Bananarama es una bomba que al desplegarse sobre el agua impregna el aire con aroma a licuado de banana y vainilla. Resulta sumamente hidratante y libera una buena cantidad de aceites esenciales, por lo que basta con emplear la mitad para lograr un resultado plenamente satisfactorio: resulta ideal para sumergirse en la bañera con un libro en el crepúsculo invernal.

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