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La CatrinaEl Museo Mural Diego Rivera, situado a escasos metros del parque La Alameda, alberga la obra que conjuga tanto la historia de México como la vida del artista. En Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central un joven Rivera se encuentra aferrado a la mano de La Catrina; Diego bautizó de esta manera a la muerte y la vistió acorde a la elegancia del catrín, hombre de la aristocracia de fines del siglo XIX que solía estar acompañado por una dama encumbrada, conforme la clase social que ambos representaban.

Pero fue el ilustrador y caricaturista José Guadalupe Posada el precursor de la utilización de la calavera como símbolo de la situación de su época, ya que al sustantivo le sumó el calificativo garbancera en alusión a aquellos que tenían sangre indígena pero renegaban de sus orígenes presumiendo de europeos. La calavera con sombrero entonces se referenciaba en el garbancero, aquel que pretendía aparentar aquello que no era, condición deleznable para Posada.

Con el tiempo las calaveras representaron las diferencias sociales del pueblo mexicano y sus alegrías y tristezas, desigualdades que en definitiva resultan vanas por cuanto la muerte es el rasero que iguala y, más tarde o más temprano, todos terminaremos siendo calaveras, como sentenciara en su época Posada. Retomando la idea del ilustrador Rivera inmortalizó a la calavera como La Catrina y la dotó de vestimenta acorde a su estirpe, imagen que se encuentra por doquier en México hoy.

La familiaridad con la muerte resulta propia de sabios y de chamanes, quizás porque son capaces de ver más allá de nuestros estrechos horizontes. Un brujo, también mexicano y de fuste, sonrió condescendiente mientras su discípulo decía estar preocupado por los faros de un automóvil que circulaba detrás en la carretera; no es un coche, dirá Don Juan a Castaneda, sino las luces en la cabeza de la muerte, que galopa ganando terreno. Cuando las luces desaparecieron y Castaneda reiteró que era un coche y que debía haber parado al costado de la carretera, Don Juan se limitó a sentenciar mientras bostezaba: “…La muerte nunca se para. A veces apaga sus luces, eso es todo…”.

Gafas psicodélicas

GafasDel griego psyché y deloun, el término psicodelia podría traducirse como “aquello que manifiesta el espíritu” y fue acuñado por el psicólogo británico Humphry Osmond en 1957, para referirse a la apertura de conciencia que aparejaba el uso de una sustancia descubierta allá por el año 1943. Cuando el científico suizo Albert Hofmann se encontró por azar con los efectos del Lyserg Säure Diethilamyd, conocido como LSD y empleado los primeros años con fines psiquiátricos, no tardó en popularizarse como droga alucinógena: Gregory Bateson, Robert Graves y Anaïs Nin fueron algunos de los que experimentaron con su empleo la apertura de los umbrales de la percepción.

El Flower power que el movimiento hippie propusiera como alternativa al sistema imperante, proclive a la guerra y al control de los cuerpos, tuvo su epicentro en el festival de Woodstock donde el empleo de alucinógenos estaba a la orden del día. Los movimientos pacifistas, las primeras nociones de ecología, el fervor por Oriente y el rock and roll como expresión musical de la mano de la liberación sexual y el arte pop, se plasmaron en las protestas contestatarias que tuvieron en el movimiento francés de Mayo del ´68 su máxima expresión. Parece que Woodstock fue el primer evento en el que se manifestó el Avatar de la era de Acuario, el Señor Maitreya.

La contracultura psicodélica tuvo una influencia directa sobre el mundo de la moda, que impuso el empleo de minifaldas, pantalones palazzo, colores brillantes, espirales y estampados geométricos. Los accesorios no fueron ajenos a las nuevas premisas y los lentes de colores estilo “ojos de gato” se popularizaron conjuntamente con las melenas lacias y el empleo de moños y vinchas en el pelo. Como todo en moda se recicla de la mano del término vintage, las gafas que remiten a aquella época de transgresión también regresan, evocando aquellas que fueron furor en los tiempos dorados del movimiento hippie.

El placer de trotar

Avon Encanto & ImariA toda hora, especialmente por la mañana temprano y al caer la tarde, sin distinción de edad o sexo, la costa de la ciudad se puebla de personas que, en soledad o en grupo, experimentan el placer de trotar. Más o menos rápido, con la vista al frente, recorren uno tras otro los kilómetros previstos mientras el sudor va perlando sus rostros concentrados.

Me he sumado a esa masa humana con mayor o menor intensidad, dependiendo de la época del año y de la actividad física que eclipsara mi atención curiosa en cada etapa. Pero una y otra vez he regresado a uno de los primeros amores, a esa indescriptible sensación de bienestar que justifica el esfuerzo de correr al aire libre.

Las opiniones no son contestes respecto del momento en que se experimenta esa especie de goce ya que algunos hablan del durante y otros del después, pero cualquiera sea el adverbio de tiempo favorito el beneficio en cuerpo y alma es indudable: capacidad aeróbica, actividad cardiovascular, control del peso y de la presión arterial son sólo algunos de los efectos físicos. El aumento de la autoestima y la disminución del estrés redundan en un mayor despliegue de energía, producto del aumento de las endorfinas, poderosas hormonas del bienestar.

Si bien ya no cometo los excesos de otras épocas, en los que salir a trotar en pleno invierno y con viento en contra me ha costado algunos resfríos y un importante dolor de oídos el día después, sigo prefiriendo las noches claras y frías para largarme a despuntar el vicio del trote aunque al principio se me congelen la nariz y las manos en el intento. Pero a esta altura sé que es cuestión de tiempo y que pronto la sangre comenzará a circular a medida que se acelera el ritmo cardíaco, hasta arribar a mi hogar empapada en sudor pero feliz.

Y no son necesarios desembolsos dinerarios ni espacios predeterminados: sólo un buen calzado deportivo, ropa cómoda, desodorante para la etapa previa, sin olvidarse de estirar los músculos y de beber mucha agua al arribar. Luego del baño reparador, nada mejor que untar el cuerpo con un aceite perfumado para recuperar la humedad de la piel. En mi caso he elegido Imari y óleo corporal Encanto con notas de castaña, ambos de Avon.

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