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Las relaciones laborales se despliegan como un albur: acuciadas por el imperativo bíblico de ganar el pan con el sudor de la frente, las personas compartimos varias horas de nuestras vidas con otros seres humanos que no hemos elegido y que no podemos dejar de lado por nuestra voluntad. Obligados por las circunstancias se entrelazan vínculos y se generan alianzas para afrontar el devenir del trabajo cotidiano, a veces con resultados positivos y otras veces no tanto, dependiendo de la energía y la vibración que se establezca entre los ocasionales compañeros de tarea.

No deja de ser un alivio, sin embargo, poder establecer vínculos que vayan más allá de las horas de trabajo, porque el esfuerzo mancomunado y solidario de los integrantes de una estructura invariablemente va a redundar en un mejor resultado para esa estructura y para sus componentes humanos. Es muy difícil que en un lugar donde la energía que circula es negativa y densa se generen resultados positivos, ya que se requiere de un fluir liviano para optimizar y sobrellevar momentos complicados, y para ello nada mejor que tener confianza en las personas que el destino nos ha puesto en el camino para compartir horas que de otro modo serían interminables.

Conocí a Fede en el ámbito laboral, cuando era muy joven y trabajaba con un compañero en otra dependencia. El tiempo y las reestructuraciones que se dan en todo sistema piramidal fueron el detonante para que confluyéramos en la misma oficina a fin de terminar de poner en marcha una nueva estructura, en la que ya había comenzado a incursionar Vero. En resumen, la vida nos encontró a los tres en el mismo lugar, en diferentes etapas pero con las mismas inquietudes y el mismo objetivo.

Como nuestra percepción del tiempo se ha acelerado debido a los cambios planetarios y vibracionales que estamos transitando, casi parece que fue ayer cuando Fede ascendió por primera vez en la pirámide laboral y le tomé juramento junto a nuestro titular jerárquico común. Y a los pocos meses se produjo un nuevo ascenso que motivó su traslado de la dependencia que integraba junto a nosotras, pese a la resistencia de nuestra parte que luego dejamos de lado ante lo irremediable de las circunstancias.

Hoy no vemos a Fede todos los días ni tomamos café por las mañanas como hasta no hace tanto tiempo, pero seguimos teniendo objetivos laborales comunes y hemos establecido una relación que va más allá de lo circunstancial y se basa en un afecto mutuo. Y ante la invitación para celebrar su cumpleaños con un asado, Vero se ocupó de tener listas nuestras hamburguesas de soja y el regalo en común por mi ausencia; en tanto que mi función se redujo a pasarla a buscar en este mediodía soleado para dirigirnos al quincho elegido para el festejo. La tarde transcurrió mientras departíamos con otros invitados, hubo cántico tradicional y velitas en dos tortas y una mesa dulce que disfruté en demasía.

Al escribir estas líneas, me invade una fuerte sensación de gratitud por haber pasado un momento agradable en compañía de personas cálidas con quienes me relacioné a partir del ámbito laboral. Suscribo sin dudar que las almas que vibran en la misma frecuencia están destinadas a reencontrarse en sucesivas existencias, y entonces se producen encuentros entre seres que comparten los mismos amores, como en nuestro caso: el amor por la lectura, las causas utópicas y las tierras lejanas. Alianzas que se extienden más allá del tiempo y del espacio y que confluyen en momentos como el de hoy, en el que con Vero cantamos de corazón el feliz cumpleaños a Fede.

Inolvidable don Gabo

García MarquezGabriel José de la Concordia García Márquez nació en Aracataca, un pequeño pueblo de Colombia, en el año 1927, cursó estudios en Bogotá en un colegio jesuita y publicó su primera novela, La hojarasca, en el año 1955. Continuó su obra  en 1961 con Los funerales de la Mamá Grande; pero la consagración definitiva como escritor se produjo con Cien años de soledad: a partir de ese momento su fama se disparó exponencialmente y recibió numerosos premios, hasta que en el año 1982 fue homenajeado con el máximo galardón al que puede aspirar un hombre de letras: el Premio Nobel de Literatura.

Otras inolvidables obras de don Gabo resuenan en mi memoria: Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera, El otoño del patriarca, Doce cuentos peregrinos, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, El coronel no tiene quien le escriba…todas las he leído con curiosidad y pasión. Pero aún cayendo en el lugar común, debo reconocer que dos de sus libros marcaron un antes y un después en mi historia como lectora, a ambos los llevaría a una isla desierta si tuviera que elegir diez ejemplares: Cien años de soledad y Crónica de una muerte anunciada, esta última lamentablemente prestada y jamás devuelta, como sucede cuando nos empeñamos en perder algunos libros creyéndonos misioneros de quienes no aman la literatura.

Algunas de las fantásticas historias de don Gabo fueron llevadas al cine con suerte diversa: recuerdo la expectación con que recibí la noticia del estreno de Crónica… y la consiguiente desilusión: el director italiano eligió a dos hermosos ejemplares humanos de esa época para encarnar a Santiago Nasar y a Ángela Vicario: Anthony Delon y Ornella Muti. El primero, para mi gusto, nada tenía que ver con ese hombre esbelto y pálido, con los párpados árabes y el pelo oscuro, tal como lo describía su atribulada madre; un joven Kabir Bedi hubiera sido el Santiago Nasar de mis sueños. Ornella Mutti, con su fulgurante belleza de madonna italiana, tampoco me transmitió el espíritu caribeño de Ángela, a quien imaginaba con la estampa de Salma Hayek. Sí, en cambio, amé a Javier Bardem como Florentino Ariza y a la música de Shakira en El amor en los tiempos del cólera, que con su interpretación de “Hay amores” y “Despedida” complementa maravillosamente las expresiones de un Bardem fulminantemente enamorado de Fermina Daza, en la piel de la italiana Giovanna Mezzogiorno.

Gabriel García Márquez fue el exponente por excelencia de la corriente literaria del siglo XX denominada “realismo mágico“, cuya característica principal según los críticos es la narración de hechos tenidos por inverosímiles y fantásticos presentados en un contexto real. Sin embargo, esos eventos improbables y al parecer oníricos tienen su base en el inconsciente y en el psicoanálisis, así como en las culturas indígenas y su riquísima tradición de mitos y leyendas. Cien años de soledad es la obra emblemática de esta corriente, a la que también han sido vinculados nuestros maestros Borges y Cortázar, Isabel Allende y Alejo Carpentier.

En mi opinión, don Gabo fue un mensajero de la Era de Acuario al presentar en sus obras personajes y situaciones que actualmente no necesitan de tanta disquisición para explicarlos: los acontecimientos superpuestos en el tiempo y en el espacio, los recuerdos fundantes y la búsqueda del sí mismo representada en alegorías son nada más y nada menos que postulados que hoy se exponen a la vuelta de la esquina. La física cuántica y las concepciones postmodernas del universo son las explicaciones racionales de los mundos “mágicos” del maestro colombiano; así como la indudable capacidad del ser humano para mover objetos con la mente o predecir sucesos ya no se interpretan como delirios que ameriten la observación psiquiátrica.

Pero en Cien años de soledad hay un plus descomunal: su carácter de denuncia social respecto de la explotación de los recursos naturales y humanos de América Latina. Macondo, la aldea de veinte casas de barro y cañabrava erigida a la orilla del río en la que recalaba anualmente la familia de gitanos, donde Aureliano Buendía grabó a fuego en su memoria la tarde en la que su padre lo llevó a conocer el hielo, es Aracataca y es América Latina. Microcosmos y macrocosmos a imagen y semejanza, donde la desmesura de la naturaleza y de las cualidades personales de los integrantes de la la familia Buendía (la imaginación frondosa de José Arcadio padre; la belleza inmaterial de Remedios, la bella; el tamaño descomunal de José Arcadio hijo; la neurótica obsesión de Aureliano por la piedra filosofal), son directamente proporcionales a la crueldad de imperios externos y dictaduras internas, representados en la avidez sin limites de la compañía bananera y en la lucha de los pobladores de Macondo contra el poder oligárquico (la Mamá Grande), una rebelión sin fin emprendida por el coronel Aureliano Buendía en la que no pudo ganar una sola de las guerras que llevara a cabo.

Y es el memorable discurso de don Gabo pronunciado al momento de recibir el Premio Nobel el que lo pinta de cuerpo entero, un legado mayúsculo que pone blanco sobre negro respecto del realismo que nada tiene de mágico en Cien años de soledad, al asumir una vez más la voz de una América Latina harta de ser expoliada en sus recursos naturales y dominada en el falso nombre del progreso. “La soledad de América Latina” es un mensaje de esperanza y un grito de dolor ante el avasallamiento permanente de los derechos de hombres, mujeres y niños del continente, una exaltación de la poesía y de la creación como franca resistencia a los sórdidos motivos de los amos de la muerte.

Porque los interrogantes respecto del presunto destino de un continente dotado de belleza y recursos inagotables, pero con una realidad común dolorosa y desdichada tanto natural como generada, se desprenden sin anestesia del formidable alegato de don Gabo. ¿Por qué se le niega a América Latina la posibilidad de decidir por sí misma? ¿Por qué se alaba y se premia su literatura por original y esa originalidad no puede ser plasmada en cambios sociales originados en ideas propias? ¿Por qué sus habitantes no pueden decidir autónomamente la manera de vivir y de morir? Esa es la soledad de América Latina, clamará sin tapujos este hombre extraordinario: no poder concebir como posibles el amor y la felicidad. Y el mundo civilizado, representado en ese momento por la Academia, debió hacerse cargo en silencio de su terrible responsabilidad, por haber negado sistemáticamente a las estirpes condenadas a cien años de soledad su segunda y merecida oportunidad sobre la superficie de la tierra.

Nostálgica reseña de estrenos

ManateeEl Manatee es un pintoresco barco que recuerda a los que surcaban el río Mississippi y tuvimos el placer de pasar unos días inolvidables a bordo, remontando el río Napo y recorriendo algunos rincones increíbles de la Amazonía ecuatoriana. En ese devenir subimos y bajamos varias veces de la canoa, caminamos por la selva, conocimos una comunidad de mujeres indígenas, surcamos el río y compartimos desayunos, almuerzos y cenas con la tripulación y con nuestros compañeros de viaje.

Además de sus tres cubiertas, el salón de la terraza, el comedor, la cocina y la lavandería, el Manatee tiene una pequeña y surtida boutique tanto para aquellos que han olvidado el protector solar y el repelente de insectos, absolutamente imprescindibles en esta región del planeta; como también para las personas que desean llevarse consigo un recuerdo que los remonte al emplearlo a los días vividos a bordo. En mi caso, tengo ante mi vista el diploma de amazonauta que nos entregara Félix, el Administrador, la última noche que pasamos en el barco, que en breve será enmarcado para decorar mi oficina. Y un poco por necesidad y otro poco por tener un recuerdo, estrené a bordo del Manatee el cap que incluye la fotografía.

En rigor de verdad, tenía previsto llevar sombrero y gorro desde aquí, pero como son implementos que no utilizo habitualmente salvo en verano olvidé incluirlos en la maleta. Así que la excusa era buena ya que el sol del Ecuador perfora literalmente el chakra coronario, se siente como una punzante energía caliente que al poco rato genera dolor de cabeza y puede provocar una molesta insolación. Ello sin contar que, aunque el protector solar sea factor 100, para la piel del rostro resulta absolutamente agresivo, ya que la tez blanca no está preparada para los inclementes rayos solares potenciados por la superficie del agua al navegar.

Así fue que decidí adquirir el cap con la referencia al Manatee, que me acompañó fielmente los días que pasamos surcando el río Napo; lo elegí color blanco porque es el tono más adecuado para tierras con soles inclementes como Ecuador. Cuando lo utilice en diversas actividades al aire libre, los días felices pasados en el barco volverán a mi memoria, así como la gentileza de la tripulación encargada de cuidarnos.

El pequeño envase de shampoo resulta uno de los amenities incluídos en el cuarto de baño del camarote, que contaba con dos camas mullidas, un pequeño placard y hasta espacio para una mesita de luz con sus lámparas individuales. En cuanto al producto en sí, no amerita mayor descripción: es shampoo, lisa y llanamente. Ni bueno ni malo, ni perfumado ni aséptico; simplemente una atención prevista para los pasajeros olvidadizos de esta embarcación que desde el año 2002 se desliza sinuosamente por el río Napo.

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