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Virgen de QuitoLa mañana nos encuentra descansados luego de una noche reparadora y es el momento de comenzar a caminar por Quito, idea que no abandonamos pese a la llovizna que va menguando hasta cesar por completo. Vemos que la gente igual utiliza sus paraguas: todo implemento es bueno para que la resolana ecuatoriana no alcance la piel del rostro. Nos dirigimos al Mercado Artesanal, situado en el barrio La Mariscal, a pocas calles del hotel donde estamos instalados.

Más de cien puestos en forma de corredores cubiertos exponen una variedad de productos, algunos artesanales y otro no tanto: bufandas y sweaters de alpaca, manteles y camisolas bordadas, cuero, instrumentos musicales, souvenirs con la imagen de las clásicas muñecas quechuas, telas pintadas sobre bastidores, chocolate, café, sombreros, joyas de plata y una pluralidad de representaciones religiosas que dan cuenta del fervor católico de los habitantes de esta ciudad. Compramos algunos recuerdos y luego de un tentempié en plaza Foch nos dirigimos al Centro Histórico, Patrimonio de la Humanidad desde 1978 y el más grande de América, que alberga 43 iglesias católicas en sólo ocho cuadras, varios conventos y un Palacio Arzobispal devenido en centro comercial.

La religiosidad quiteña se advierte a cada paso por las monumentales construcciones y comenzamos por la Basílica del Voto Nacional, de estilo neogótico y comparada por su inmensidad con Notre Dame, que resulta vecina del convento de los misioneros oblatos. Los bellísimos vitrales se encuentran decorados con la flora ecuatoriana y en lugar de las tradicionales gárgolas se reproducen animales como monos, caimanes y tortugas características de la fauna del país. Alberga amorosas esculturas de la Virgen del Quinche y del Cristo Niño, que resultan un bálsamo entre tantas imágenes que exaltan la Pasión, entre ellas una conmovedora talla de la Virgen Dolorosa con su corazón atravesado por una lanza.

Caminamos mientras amenaza lluvia subiendo y bajando calles hasta la Iglesia de la Merced: paredes y techo de yeso con motivos florales en color salmón, presidida por una torre de 47 metros de altura y decorada con las pinturas al óleo de Víctor Mideros. Es tiempo de sentarnos a tomar sendos jugos de mora y de naranjilla antes de recorrer la Iglesia y el Convento de San Francisco, y nos instalamos en la plaza homónima. Allí, Juan descubrirá que el simpático café que elegimos por su magnífica vista a la plaza incluye al Centro Cultural Tianguez, que recorremos asombrados por la variedad de manifestaciones culturales étnicas que se encuentran en exposición y porque el edificio parece un laberinto en el que se encienden luces por diversos pasillos a medida que avanzamos.

Las pluralidad de la exposición refleja el arte de gran parte de las comunidades indígenas de Ecuador, destacándose para mi gusto la cerámica pintada utilizando la cabellera de las mujeres, el tejido y una amplia exhibición de figuras talladas en diversas posiciones amatorias, tanto parejas como tríos sexuales, absolutamente gráfica en cuanto a su representación. Resulta original por cuanto no he visto colección parecida en otros países, ni tampoco la volvimos a encontrar en otros museos ecuatorianos étnicos que visitamos.

Finalmente nos dirigimos al Convento e Iglesia de San Francisco, un conjunto arquitectónico impresionante que remite tanto a la orden franciscana como a las clarisas y aloja a la famosa Virgen de Quito, obra de Bernardo de Legarda, el miembro más destacado de la escuela de arte quiteña. La Virgen, que se caracteriza por tener alas en su espalda y a la que se conoce también como Virgen Alada o Virgen del Cisne, despierta una fervorosa devoción entre los quiteños: la religiosidad es sorprendente aún teniendo una noción al respecto. En el patio del Convento de San Francisco, mientras aguardábamos a que cesara la lluvia torrencial, pude observar a gran cantidad de personas de ambos sexos sentadas en los bancos de la galería junto a los sacerdotes, que los escuchaban pacientemente en confesión.

La cantidad de fotografías tomadas por Juan me hizo dudar al momento de ilustrar esta entrada, pero seguí a mi corazón y me decidí por la Virgen del Cisne, amorosa guardiana de esta bella ciudad.

En el medio del mundo

Mitad del MundoEs Jueves Santo en Quito y nuestro día comienza muy temprano en el Museo Etnohistórico de Artesanías Mindalae, que exhibe en sus cinco pisos la cosmovisión indígena ecuatoriana permitiendo una aproximación a la cultura de las comunidades. Caminarlo es un placer y una conexión con los chamanes, la naturaleza y las particularidades de cada comunidad: se exhiben tejidos, adornos, cosmología, producciones con piedras y semillas; en la planta baja hay una tienda atendida con la proverbial amabilidad de los ecuatorianos.

Es tiempo de dirigirse a la Ciudad Mitad del Mundo previo abordar dos ómnibus de línea y paliar el largo traslado mirando la vida en los suburbios de Quito. Al arribar a esta ciudad, la más pequeña del Ecuador, nos sorprende porque más allá del hito que señala el punto medio del planeta al que se accede por la Avenida de los Geodésicos, también se emplazan diversos pabellones culturales con expresiones de otros países y el Museo Antropológico y Etnográfico ubicado en el interior del monumento que refleja la fotografía. En sus dos pisos se desarrolla la vida de las diversas comunidades indígenas con una completa descripción de cada una; incluye una referencia a los afroecuatorianos y hasta se puede contemplar una cabeza reducida por los shuar, mal llamados jíbaros, con su boca previamente cosida por haber infringido el desdichado la ley que prohibía dar muerte a un semejante. En la terraza, una impresionante postal de Quito y continuando con la vista la línea divisoria se avizora la capilla del medio del mundo.

Emprendemos el regreso y abordamos nuevamente dos ómnibus para sumergirnos en el Centro Histórico, con un movimiento mayor aún al habitual debido a la proximidad de las procesiones que caracterizan al Viernes Santo, a las misas y a la fiesta religiosa popular que se celebrará en las próximas horas. Llegamos caminando a la Calle la Ronda, una arteria encantadora plena de casas antiguas donde la tradición de los oficios continúa vigente y se ha fusionado con tiendas de artesanías, galerías de arte y comercios gastronómicos. Tomamos un reparador café y luego seguimos camino a la Iglesia de Santo Domingo, ubicada en la plaza del mismo nombre, que alberga en su interior la Capilla de la Virgen del Rosario, la más famosa de Quito por su ornamentación, pero no podemos verla: está cerrada por la proximidad del Viernes Santo y sólo nos es posible atisbar el altar con la filigrana de oro que asoma en parte atrás del lienzo que lo cubre. En el confesionario lateral una larga fila de fieles aguarda pacientemente su turno para ser oídos por el sacerdote en confesión.

Seguimos camino por este impresionante Centro Histórico hacia la Iglesia de la Compañía de Jesús, obra iniciada por los jesuitas en 1605 y concluída luego que fueran expulsados de Ecuador; es imponente con razón, ya que está íntegramente recubierta por 128 libras de láminas de oro y constituye un patrimonio cultural en sí misma. Un guardia severo nos impide contemplar los corredores laterales: comienza la misa y el templo se encuentra abarrotado, no obstante Juan alcanza a tomar algunas fotografias para inmortalizar el momento.

Ya en el hotel la satisfacción por el día pleno de vivencias se ve empañada por la noticia de la partida de Gabriel García Marquez. No puedo dejar de recordar la abstracción del mundo que me produjo la lectura de “Cien años de soledad“, ni el amor por Santiago Nasar en “Crónica de una muerte anunciada“. Y firmo un compromiso conmigo misma: cuando regrese, le dedicaré al inolvidable Gabo la reseña que su legado merece.

En el Manatee por la Amazonía

ManateeDespués de un retraso de dos horas llegamos finalmente al aeropuerto El Coca, en la localidad de Francisco de Orellana, para abordar el crucero que nos trasladará por el río Napo, el más grande de los afluentes del Amazonas llamado así por Gonzalo Pizarro y el mentado Francisco. Ambos creían que los indígenas, por sus largas cabelleras así como por el ímpetu belicoso de las mujeres, eran las míticas guerreras que habían fascinado a los griegos.

Arribamos a bordo de una chalupa con diez personas más al Manatee Amazon Explorer, un pintoresco barco de tres pisos con un aire a las embarcaciones del Mississippi, que consta de cubierta principal con salón comedor y sala de mando, y dos cubiertas más sobrepuestas en las que se encuentran los camarotes y una terraza que incluye un salón de usos múltiples con barra de tragos, libros, CD y que empleará como sala de reunión Daniel, el amable guía, para dar cuenta del itinerario del día siguiente.

Somos recibidos por Félix, el Administrador; después de la bienvenida nos aguarda un almuerzo reparador: entrada de habas con atún, arroz con camarones para los adultos y pollo con plátanos y pepinos para los niños y para mí, dada mi alergia a los frutos de mar. Un riquísimo yogur de guanayaba completa el menú; café e infusiones se encuentran disponibles las 24 horas en la terraza, donde nos sentamos con Juan con una taza de café en la mano a ver pasar la tarde, mientras el atardecer rojo fuego se va instalando en el horizonte. El río, la vegetación frondosa y exuberante, algún campamento que indica la proximidad de una petrolera y, de vez en cuando, niños de una comunidad que saludan desde la orilla ocupan nuestra atención.

El Manatee ofrece la posibilidad de conocer un palmo de la enorme superficie de la cuenca amazónica ecuatoriana, a la que llaman “el Oriente”, en un viaje para conectarse con la naturaleza y resignificar la forma de vida de las comunidades indígenas que habitan el pulmón verde del planeta. La cuenca del río Napo es un centro de diversidad cultural, sus habitantes más antiguos fueron los Omaguas, pescadores y agricultores cuyas ceremonias eran complejas y ricas debido a la cosmogonía que desarrollaron; las piezas de cerámica que se han encontrado permitieron reconstruir las costumbres de una comunidad que se extinguió con la llegada de los conquistadores.

Luego de asimilar toda la información que nos proporciona Daniel llega la hora de la cena y nos despedimos hasta el día siguiente, en el que conoceremos el lago de las pirañas, las aguas negras y caminaremos por el bosque para observar plantas, aves y, tal vez, algún ejemplar de la fauna autóctona. Es tiempo de descansar en este increíble barco, rodeados por la Amazonía ecuatoriana.

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