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Cuando tenemos una amistad muy antigua con otra persona, suele suceder que las conversaciones que abordan circunstancias personales de una de las integrantes redunden en beneficio común, porque se habla con el corazón en la mano. No hay disimulos ni tapujos, teniendo enfrente a una hermana de ruta se va tejiendo la trama lentamente, y lo que estaba oculto empieza a asomar con la deconstrucción conjunta.

Marcela estaba en un momento de transición y durante dos tardes estuvimos filosofando, dilucidando y pasando en limpio experiencias que a la postre devienen similares, porque en definitiva la evolución resulta tarea de todos los seres humanos. Luego de tanta elucubración surgió prístina la necesidad de conectarnos con nuestras relaciones fundantes desde el perdón: el gran dilema es cómo hacerlo desde lo más profundo de nuestro interior para lograr este cometido, difícil aún para los héroes y los dioses.

Coincidimos en que hay gestos, características, expresiones y giros lingüísticos que nos provocan un profundo rechazo; resulta irrelevante quien los ejecuta o verbaliza, aunque si la persona integra nuestros afectos cercanos la sensación es aún más fuerte y hasta repercute en el cuerpo físico (en mi caso, siento que me erizo, literalmente, como si me crecieran púas). Luego de varios cursos, talleres y terapias tendientes a reconocer y a conjurar los traumas gestados en la infancia, también resulta relativamente simple darse cuenta de cuáles de esas actitudes constituyen detonantes que nos remontan al autoritarismo de nuestro padre o a la descalificación materna.

Pero si el problema ya no es verlo, aún resta deshacer el nudo que nos mantiene inmóviles y ante alguna interacción con otra persona nos remite a ese momento, porque se activa el resorte sepultado en lo más recóndito de nuestro ser. El miedo, la rabia contenida, el resentimiento, el temor; cualquier sentimiento invalidante revive el instante fatal para nuestra pequeña persona herida, que reacciona una y otra vez como si volviera a la sensación de desamparo de su niñez.

Desde los antiguos caminos espirituales y las enseñanzas de Jesús hasta el psicoanálisis y Jung, desde “Un curso de milagros” y la obra de los guías más relevantes del siglo XX (Deepak Chopra, la querida Louise Hay, Caroline Myss) hasta el Ho´oponopono hawaiano y los Dikshas: técnicas, parábolas y métodos para lograr que seamos capaces de empatía, comprensión y afecto hacia aquellos que nos han lastimado. Perdonar, nada más y nada menos; el empeño de los maestros para ayudarnos a lograrlo da cuenta del esfuerzo titánico que requiere.

Concluímos con Marcela en que, como dice Louise, es probable que no sepamos cómo hacerlo, y aún que no queramos perdonar, pero al concebir la idea la vamos haciendo carne, comienza a manifestarse en nosotros y la empezamos a incorporar. Y tal vez, en un día no tan lejano, nos encontremos reaccionando menos airadamente ante una contingencia que nos remita a lo vivido hace muchos años, entonces el tránsito por esa circunstancia será más liviano y la energía oscura que sirve para ocultar el resorte temido podrá ser transmutada. Porque sanarnos a nosotros mismos implica, sin dudas, ejercitar el difícil arte del perdón.

Valar Morghulis

DragónAdriana y Tony llegaron a casa el domingo por la noche con una torta tipo mousse de chocolate para degustar luego de la picada y las pizzas que preparó Juan. Teníamos prevista una velada largamente esperada: sentarnos frente a la televisión y prepararnos para empezar a disfrutar de la cuarta temporada de “Game of Thrones“, la serie de culto basada en la saga literaria de George Martin. Debido a la coherencia de Tony, respetamos el horario dadas las obligaciones laborales del día siguiente, y no hicimos caso omiso al curso de las horas como suele suceder en nuestros encuentros.

A mi querida Adri, como ya he dicho, le debo el fanatismo por la historia que gira en torno al codiciado trono de hierro y ambas compartimos giros idiomáticos en alto valyrio, el idioma que imaginó el autor. El ringtone de su celular anuncia mi llamada con la música emblemática de la serie: “Valar Morghulis”, inicia alguna de nosotras la conversación, “Valar Dohaeris” responde la otra ante la mirada de asombro del ser humano que se encuentre cerca.

La saga literaria recién estará completa cuando se editen los dos libros que restan de los siete previstos, razón por la cual millones de personas en el mundo envían buenos deseos y desean larga vida al prolífico escritor. Lo cierto es que la serie se ha convertido en un éxito mundial con seguidores en todos los países, y los libros en consiguientes best sellers pese a la extensión que los caracteriza: el tercer volumen, “Tormenta de espadas”, contiene más de 1000 páginas y es el último que he leído. La razón es simple: no quiero adelantarme demasiado a los contenidos de la serie, pese a la ansiedad que implica aguardar cada temporada.

“Game of Thrones” gira en torno a la historia de varias familias en una época que podría asimilarse a la Edad Media, todas guerrean entre sí por llegar a ocupar el ansiado trono de hierro; por este objetivo tan pronto conciertan alianzas y matrimonios como traicionan y matan a mansalva, generando las consecuentes venganzas de ascendientes y descendientes en una espiral sin fin. Pero “Game of Thrones” es sobre todo una radiografía de las conductas de los hombres: la lujuria, la codicia y la crueldad se entrelazan con la compasión, el amor y la lealtad. Lo mágico y lo insondable también devienen fundamentales, ya que como en toda historia que se precie, los dioses y el misterio resultan inspiradores del alma humana.

“Valar Morghulis” significa “Todos los hombres deben morir” y es el saludo que Jaqen H´ghar, el hombre sin rostro de Braavos, enseña a la pequeña Arya cuando le entrega una moneda especial, para que la emplee como salvoconducto si necesita encontrarlo. “Valar Dohaeris” es la respuesta tradicional a la consigna anterior y significa “Todos los hombres deben servir”. Conviene tener presentes ambas expresiones, ya que resultan aplicables a nuestras fugaces existencias.

El dragón de la fotografía es un obsequio de Adriana para mi último cumpleaños, emulando a Daenerys Targaryen lo he bautizado Dracarys. Creación de su ahijada, otras piezas únicas del universo de esta joven artista pueden encontrarse en la página web Selena Farabari – Artesanías y diseños gráficos

Cuentos de hadas y algo más

Cuentos de HadasHace diez años mientras realizaba un curso sobre comunicación humana una de las asistentes hizo una referencia a un libro que la había conmovido, cuya autora es una reconocida psicoanalista junguiana. Interesada por el comentario, a los pocos días adquirí un ejemplar de “Mujeres que corren con los lobos” y tomé contacto con la sabiduría de la Dra. Clarissa Pínkola Estés.

El libro en sí mismo, como dice Analía Bernardo, contiene material como para estudiar durante años. Uno de los temas que aborda es el de los cuentos y la fascinación que la autora ha sentido por ellos desde su temprana infancia, circunstancia con la que me sentí de inmediato identificada. De niña tenía una especial predilección por los cuentos de hadas y contaba con varios ejemplares que me leía mi madre por la noche en mis primeros años; luego adquirí la costumbre que conservo desde entonces de leer antes de dormir y los pequeños libros me asistían hasta que se me cerraban los ojos de sueño.

Y entonces la Dra. Pínkola Estés corroboró mis impresiones hasta ese momento difusas: los cuentos son medicina, instrucciones mágicas para recobrar los arquetipos olvidados en la profundidad de la psiquis y contienen símbolos arcanos de conocimiento que fueron velados por los oscurantismos posteriores: del curandero a la bruja malvada, del espíritu al ángel bondadoso y de los antiguos misterios a las historias asépticas y asexuadas. Las niñas buenas, hacendosas y bonitas esperando al príncipe azul que las salve de las pruebas que no pueden abordar por sí solas, construyeron una imagen de la mujer en consonancia con el modelo de esposa sumisa y recatada que imponía la moral de la época.

El libro “Cuentos de mágicas hadas” es una antología compilada por Mariana Rodriguez Felder y contiene nueve historias en las que las protagonistas, de una u otra manera, son las criaturas feéricas. Si bien incluye clásicos como “Cenicienta” y “La bella durmiente”; algunas leyendas celtas como “La manzana mágica” y “Melusina”, el británico mago Merlín hechizado por Nimue y la presencia de hadas de Rusia e Italia, imprimen a este pequeño volumen destinado a las niñas una dinámica diferente respecto de estos seres elementales.

El cuento final (con un lenguaje encantador asequible para el público al que está destinado), alude al juicio a la última de las hadas francesas, quien realiza un valiente alegato ante el tribunal respecto de los pueblos que conservan la magia de sus tradiciones. Una visión reivindicatoria de la esencia de lo arcano, que fuera perseguido a través de la historia por la barbarie de las civilizaciones y en el nombre de los fanatismos de cualquier orden.

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