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“Necesito un caféeeeee”. El mensaje de texto de Ale casi gritaba en mi celular, como tantas otras veces en las que alguna de nosotras emitió la misma señal de S.O.S. Le respondí enseguida, y al otro día a las cuatro de la tarde me instalé en la tradicional confitería Boston de Avenida Constitución con el diario dispuesta a esperarla. Marcela llegaría más tarde de un seminario, así que le pedí un té verde al mozo y me decidí por una factura pequeña, resignada luego de solicitar un scon primero y un brioche después sin éxito.

Ale llegó a los pocos minutos y se dejó caer con un suspiro en el asiento del box que nos contenía como una cueva. Pidió un té con limón y luego, sumergidas en nuestra propia atmósfera, nos dedicamos a desenredar los nudos del tejido interior de cada una; tarea catártica a la que se sumó Marcela cuando arribó, cansada pero feliz, después de una larga jornada de estudio que había comenzado a las nueve de la mañana. También optó por una reparadora taza de té.

La medicina tradicional puede ser una manera de abordar un tema de salud, pero no va a considerar al ser en su complejidad. Las tres coincidimos en que atacar la consecuencia del desequilibrio de un sistema puede ser una solución momentánea, pero no va a corregir las causas complejas que se originan en el entramado interno de cada persona. La conversación giró sobre la experiencia de Marcela con el abordaje holístico, las antiquísimas medicinas alternativas y la práctica de la armonización con las disciplinas ancestrales que retornan.

Más tarde comparamos nuestros momentos de ensueño o iluminación, esos destellos fugaces de otras vidas que se perciben en los momentos en que nuestra conciencia está expandida. Después de reírnos con Ale, que describió un pasado de alquimista soltera en un castillo en el que realizaba pócimas y ungüentos para curar a quiénes lo necesitaban; Marcela contó su sensación de caminar por las calles de esta ciudad cubierta por una capa negra de terciopelo a la que le subía la capucha por precaución. Similar experiencia tuve hace unos años realizando un taller a distancia; en la meditación que debía practicar estrictamente a la noche en un día y horario determinado, me despedía de mis compañeras cubierta por un hábito oscuro de tela similar a la arpillera, también cubría mi cabeza mientras caminaba por el pueblo, en procura de un anonimato que me preservara del peligro latente.

Tal vez volvemos a forjar los mismos vínculos que traemos de otras existencias y por eso los recuerdos son comunes, o tal vez simplemente nos encontramos en esta vida con aquellas personas que reconocemos como hermanas del alma. Por la razón que fuera, contamos con la reparadora certeza de saber que, en momentos en que sentimos que una situación nos desborda, podemos recurrir a unas horas frente a una taza de té en compañia de nuestras compañeras de ruta.

Y entonces el afecto y la complicidad harán el milagro de transmutar en risas el desasosiego que sentíamos horas antes; y una vez más daremos gracias por el vínculo que construímos, refugio sagrado en el que podemos hablar sin tapujos de nuestras propias vidas.

La búsqueda del hilo

Julio CortazarA raíz de la entrada sobre el libro de Gloria Casañas “La canción del mar” y la condición de Violeta, su protagonista, en cuanto a su don de “ver más allá” o “esplender”, en el lenguaje de Stephen King; es que Apreciable me envió un correo electrónico donde recomendaba mirar por youtube un reportaje al irresistible Cortázar en el que narra, mientras fuma con gracia inusual un cigarrillo, un momento de “iluminación” o “esplendor” que derivó en el libro “Los reyes“, escrito allá por el año 1949.

“Los reyes” es un poema dramático que reinventa el mito del Minotauro. En la versión clásica, Minos, rey de Creta, está casado con Pasifae con quien tiene una hija, Ariadna. Minos es orgulloso y tiránico y ofende a Poseidón, dios del mar, éste en castigo envía un toro blanco del que Pasifae se enamora y de esta unión nace el Minotauro.

Minos ordena a Dédalo que construya un laberinto donde encierra al Minotauro, presentado como un monstruo cruel y devorador de seres humanos. Al mismo tiempo lo utiliza para amedrentar a Atenas, ya que para aplacar a la bestia cada nueve años siete hombres y siete mujeres jóvenes serán escogidos entre los atenienses para ser sacrificados.

Teseo, a fin de liberar a Atenas del suplicio, se ofrece como voluntario para ingresar al laberinto y matar al Minotauro. No sólo logra su cometido, sino que logra salir merced al hilo que le proporciona Ariadna, enamorada del héroe. Hasta aquí, la romántica historia oficial del salvador de su pueblo.

Cortázar, en cambio, vislumbra una luminosa versión del Minotauro, quien vive en el laberinto junto a los jóvenes que le ofrendan y que, lejos de devorar, son sus compañeros de juegos. Teseo, tan ambicioso como Minos, pacta con éste matar al Minotauro a cambio de la entrega de Ariadna, luego ambos reinarán, “…sólidos, nuestros tronos…”. Pero  Ariadna ama al Minotauro, tal vez en homenaje  a los egipcios que reivindicaban el amor entre hermanos, tal vez siguiendo los pasos de su madre Pasifae que amó al toro blanco de Creta.

Ariadna le entrega el ovillo a Teseo con la secreta esperanza de que éste muera y el Minotauro pueda salir finalmente de su prisión. Sin embargo, el Minotauro elige morir a manos de Teseo; mientras agoniza por su brutalidad devela el destino que les aguarda: al último, las vanas aclamaciones temporales de los hombres; al primero, la libertad eterna en el laberinto del corazón de cada ser humano. “…¡Muere al menos callado¡…”, le dirá Teseo: “…¡Los héroes odian las palabras¡…” Con sabiduría dirá su última frase el Minotauro: “…Salvo las del canto de alabanza—“.

Entre ambas versiones elijo la de Cortázar, para quien el Minotauro es el poeta, el artista, el ser diferente al que se ha procurado controlar en su desbordante creatividad mediante el encierro en instituciones psiquiatricas (tal como les sucederá a los daimones de Deborah Harkness). Pero quizás el Minotauro sea también el estado inocente y libre de los seres humanos, aquel que no ha sido sometido por las convenciones sociales, los mandatos y las creencias; y cada uno de nosotros estamos aquí para encontrar el hilo que nos permita liberar al Minotauro interno, prisionero en el laberinto que edificamos con las certezas ilusorias de la razón.

“Beso” de Agatha obsequio de Juan

Beso Agatha Ruiz de la PradaEl día de la mujer, Juan me trajo el desayuno a la cama y en la bandeja había un paquete de regalo que contenía el perfume “Beso“, de la diseñadora española Agatha Ruiz de la Prada; emblema de la “movida” española de los años ´80 e integrante de la tribu urbana identificada por la escritora Carmen de Posadas como “movimiento postmoderno”.

Agatha era habitué de las fiestas que organizaba Jacobo Alba (el hijo de la Duquesa más famosa y hoy titular de Editorial Siruela), conjuntamente con Ana Belén, Miguel Bosé y Pedro Almodóvar. La moda que proponía nada tenía que ver con lo convencional, sus vestidos “globo” eran un clásico en las colecciones y no podría afirmar que resaltaban los atributos femeninos; todo lo contrario, parecían creados para buscar la belleza en una asimetría rayana en lo absurdo.

Con el tiempo y siguiendo la tendencia de los diseñadores que amplían sus horizontes generando perfumes que los identifiquen, Agatha se asoció con la casa Puig y salieron al mercado sus fragancias. “Beso” data del año 2007, de hecho fui propietaria de un frasco al poco tiempo de su lanzamiento. No es un perfume sofisticado ni muy persistente, pero cumple con su cometido para adoptarlo como eau de toilette diario.

El frasco es original, unos gruesos labios que me recuerdan a una escultura de Dalí en color rojo, en los que se destaca un corazón fucsia simbolizando un beso amoroso; el diseño lo torna un típico obsequio para San Valentín. La nota de salida es frutal,  mandarina y manzana; en tanto que las notas medias son florales: flor de osmanthus, gardenia y jazmín. Finalmente, el corazón está compuesto por vainilla, caramelo y patchuli. En conjunto, deviene en una fragancia dulce aunque no resulta empalagosa.

En mi piel comienza como un frutal cálido, casi denso; con el curso de los minutos se asienta hasta cristalizar en un caramelo avainillado con destellos de frutas dulces. Se recepta de manera favorable: las personas que lo han sentido por la cercanía de mi presencia no han tenido más que elogios para la fragancia que en definitiva compone.

A la fotografía he sumado la encantadora muñequita obsequio de Luci: concuerda a la perfección con el mensaje que transmite el aroma dulce de “Beso”.

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