Etiquetas

, , ,

Aída DelfinoLa nuestra es una familia ensamblada entre humanos y gatunos, razón por la cual colaboramos con aquellas personas que protegen y ayudan a los animales abandonados, enfermos o perdidos. Gatitos de Mar del Plata es una página web que da cuenta de estas situaciones administrada por Mirta y Daniela, quiénes realizan una admirable labor movidas por el amor a los felinos y organizaron un festival para recaudar fondos donde estuvimos con Juan por la tarde.

Luego de saludarlas, con nuestras entradas en mano recorrimos el lugar y compramos un riquísimo té de jazmín elaborado con la planta que crece en el jardin de la casa de la amable vendedora, presentado en bellas funditas atadas con hilo de colores y mostacillas. Una manera de contribuir con la obra motorizada por la dedicación de las organizadoras.

De allí, tras una parada obligada para merendar, pasamos por Velas de la Ballena para adquirir un hermoso fanal flotante y una vela aromatizada con coco para mi querida Adri; para dirigirnos por la noche al Museo Municipal de Arte Juan Carlos Castagnino donde Aída Delfino presentaba un concierto de arpa.

Aída es  profesora de educación musical, ha obtenido varios premios y actualmente integra la Orquesta Sinfónica Municipal. En el salón de música de la planta alta presidido por el retrato de Angélica Dorrego de Ortiz Basualdo, interpretó con su arpa celta las más bellas melodías irlandesas, escocesas y gallegas ante un auditorio arrobado por su talento.

Basta cerrar los ojos mientras Aída tañe el arpa para imaginar a las criaturas elementales propias de las leyendas celtas: elfos, hadas y duendes se dan cita en nuestra imaginación creando un mundo mágico al que es posible acceder merced a los sonidos que desgrana con sus manos.

Gracias Aída por proporcionar momentos sagrados con tu instrumento. Y tal como concluye la bendición irlandesa plasmada en el programa del concierto:  “…Que desde este día en adelante, Dios te conceda muchos años de vida; seguro Él sabe que la tierra no tiene suficientes ángeles”.

Happy birthday para Adri

Velas de la BallenaAdriana festejó su cumpleaños con un almuerzo, y con la amabilidad que es su sello personal fuímos recibidos en el quincho de la casa familiar. Tomamos asiento frente a una mesa provista de toda clase de bebidas, para comenzar a degustar unos entremeses entre los que se destacaba el chutney de berengenas que preparó con sus propias manos.

Tony, al frente de la organización y de la parrilla, tuvo la deferencia de prepararme un riquísimo pollo al limón ya que no consumo carne roja. El resto de los invitados dio cuenta del asado con enorme dedicación.

Mary, la mamá de Adri, preparó una torta como para un batallón cubierta con chocolate y rellena con dulce de leche, licor y duraznos. Le cantamos el consabido “Feliz cumpleaños” y luego departimos durante unas horas más mientras la homenajeada atendía los múltiples saludos telefónicos.

Una vez más, desde aquí te deseo lo mejor, Adri querida. Y que sigamos festejando juntas muchos cumpleaños más.

El sol eterno de Páez Vilaró

CasapuebloEn el año 1972, un avión uruguayo que trasladaba a un grupo de jóvenes jugadores del equipo de rugby “Old Christians” se precipitó en las nieves eternas de los Andes. Fueron días y días de búsqueda sin resultado alguno, hasta que se dio por concluída la intervención oficial. Uno de los pasajeros de ese avión era Carlitos, hijo mayor del pintor, escritor y muralista Carlos Páez Vilaró.

A despecho de los pronósticos agoreros, el artista colaboró con los equipos de rescate y no cesó en su empeño, organizó expediciones de voluntarios y consultó a videntes que le aseguraron que estaba vivo. Carlitos fue uno de los dieciseis sobrevivientes de la tragedia de los Andes; su padre escribió “Entre mi hijo y yo, la Luna”, tal vez para exorcizar la angustia de aquellos momentos en los que se enfrentó a la intransigencia gubernamental con la convicción interna de que su hijo vivía.

El pasado 24 de febrero, Carlos Páez Vilaró falleció en su casa-museo-taller de Punta Ballena, el mítico Casapueblo. Tenía 90 años y durante el transcurso de su vida increíble fue amigo de Picasso y de Benedetti, conoció a Dali, hospedó a Brigitte Bardot y a Vinicius de Moraes así como a tantos otros personajes en su reducto próximo a Punta del Este. Pero su mundo eran el candombe, las comparsas y murgas del carnaval uruguayo: amaba las fiestas populares de las que formaba parte.

Recorrió los cinco continentes y lo unía un vínculo indisoluble con África; había vivido en la lejana Gabón, en el leprosario de Albert Schweitzer. Usaba como amuleto una pulsera de pelo de elefante que trajo de allí en el año 1962; aseguraba que traía suerte y no se la quitaba por ningún motivo.

Era amigo de los gatos. Tuve oportunidad de ver cuatro ejemplares que se paseaban orgullosos por Casapueblo y en la casa-atelier que habitaba en el Tigre ( “soy un pintor entre dos ríos”, solía decir), doce felinos lo acompañaban. En una de las tantas veces que visité Punta del Este, oportunidades en las que tomar un café o merendar en Casapueblo devienen cita obligada, lo pude ver deambulando entre los visitantes, afable y sonriente.

Su voz ronca nos legó el recitado de la Ceremonia del Sol, que se repite cada atardecer en ese rincón sobrenatural del hemisferio austral. “…Es que me siento millonario en soles, que guardo en la alcancía del horizonte…”. La noche que se fue encendí una vela blanca en un fanal amarillo como el sol que tanto amaba, para acompañarlo en su viaje.

Hasta pronto, don Carlos. Eternas gracias por todo.

Anuncios